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Tiberio Hormechea Suárez

Nació el 16 de mayo de 1888 en El Carmen de Bolívar. Sus padres fueron: Carlos Hormechea e Isolina Suárez. Estudió en el Instituto Pareja de su municipio, donde finalizó su primaria. Posteriormente viaja a Barranquilla, y en 1907 es uno de los asistentes a las tertulias literarias que presidia el poeta Porfirio Barba Jacob, organizadas por el poeta Lino Torregrosa. En 1909, partió de Barranquilla buscando nuevas experiencias, nuevos sueños. Únicamente partía con su pobreza cotidiana y la brillantez de sus escritos. En ese periplo llegó a Panamá, Cuba, Costa Rica, Guatemala, México y El Salvador. Ejerció varios oficios entre los que se destacan: Redactor de un periódico, farmacéutico, empleado oficial. Publicó el libro Jardines Lusitanos en 1911, en la ciudad de México. Murió en San Salvador en el año 1917. Su trabajo literario se ubica dentro del simbolismo francés. Muchos de sus trabajos siguen dispersos en los diferentes países que visito, en periódicos y revistas. Como muchos poetas universales, no dejó ningún bien material pero si un legado cultural para las próximas generaciones representado en sus escritos.

LO INEVITABLE
Alma: Detén el vuelo y pósate en la rama;
desciende a tus oscuros sustentáculos
aun no es tiempo de perseguir lo alto
que se aleja y que se esfuma;
solo podemos, ansiosos de terrenos lazos,
abrir nuestra fúlgida diadema
como al sol los purpurinos astros.

Alma que pasas en el mundo
por crucificada  
cierra tus ojos a lo externo,
repliégate en ti misma
y verás como al vivir con todo,
muda, ciega y sorda –alma mía-
te sentirás transfigurada.

Nada sabemos hoy ni nada sabremos
del torvo mañana,
pasa el tiempo fugitivo y tan callado
que cuando sentimos ya nos vamos transformando.

Ya es tiempo alma mía que abandones tu cárcel
ya es tiempo de vivir de otra manera
y de seguir otro sendero.
Asombra tu conciencia en ver el mismo punto
y de andar la misma ruta
en que a tu lado iba el peregrino
y de brazo también el pordiosero.

Ya es tiempo de emprender el nuevo viaje
si no hay para tu estío una fresca primavera
y ningún amor sobre la tierra.
¡Pueda ser que otra nueva vida nos lo diera!  

Ya es tiempo –alma mía- de ser lo presentido
y de vivir esta ilusión que nació carne viva,
jugo de mi sangre, y se tornó poema.
¡Oh! como se acerca el triunfo que no esperamos
en la lucha, en la lucha que no quisimos.  


VIAJE DEL RECUERDO

Mañana falta de sol. Los senderos
fingen maravillosas serpentinas
dormidas en los flancos de colinas
de frescura otoñal. Los cocoteros,
en estas mañanitas decembrinas,
saludan con gracia a los vivanderos,
porque se oyen cadencias argentinas
y sonatas alegres, de panderos…
pienso en la castidad de unos amores
que me hacen vibrar. Hoy, por mis alcores,
la turba mujeril pasa ligera…
y una de luciente cabello blondo
triste me dice con tono muy hondo:
murió la niña, de la primavera.
 

PROSAS VIEJAS
Pequeño poema de
“las canciones interiores”.

No pensar más en flores, ni en el amor, ni en las mujeres, ni en lo bello o feo de las estaciones, ni en la marcha de las nubes, ni en el brillo de la luna que pone racimos de luz sobre la cabellera de los árboles frescos, o sobre la epidermis azul de los lagos dormidos, ni en las noches serenas, ni en la música del beso, ni en la bondad de la plegaria, ni en la sutileza y maravilla de la estrofa, ni en canticos, ni en la corrección de la belleza, ni en perfumes, ni en caricias; no pensar en el ritmo del pasado, ni en la dureza del presente, ni en el porvenir, hechicero como una sirena. No pensar más en la vida, ni en la muerte. No dar más albergue en el sufrido corazón a la esperanza, cuyo color se me antoja amarillo, por más que los poetas digan que es verde. No darles más trabajo pesaroso a las locuelas del cerebro, a la fantasía y a la imaginación. No cosechar más ilusiones ¿para qué? Si esto de nada sirve. Si, abajo el idealismo, lo romántico. Abajo las excelencias de espíritu. Abajo el refinamiento. Abajo el gran torturador de almas: El arte. Que venga el positivismo, aunque sea cantando con rudeza su canción falaz. Que venga la indiferencia, el despreocupamiento, en gran cantidad para bañar a todo con ellos. Que venga la duda, el pesimismo. Que venga lo material. Que no se abran más las rosas, que el pájaro no cante, ni la fuente, ni el aire, porque en todo esto hay frivolidad y hechicería. Que se despeje el misterio. Que desaparezca el encanto que seduce, que atrae, que fascina, de los cielos nocturnos repletos de estrellas: Que al cerebro atormentado acudan pensamientos macabros. Que haya sinceridad en todo pecho. Que la súplica no sea fingida. Que los prácticos no acaricien el ideal. Que toda la naturaleza siga siendo como hasta ahora, imperfecta, incompleta. Que el alma deje de vibrar y no se exaspere. Que no se profundice más en la verdad, ni en la moral. Que no se piense en nada. Que no se alimenten sueños, ni aspiraciones. Que todo permanezca mudo y no haya en la tierra ningún signo de vida.

Si, porque en la glacial noche, el peregrino resignado y trémulo, comprendió en su aislamiento, en un momento, todo lo angustioso del mundo y todo lo vil y todo lo infame. Porque en un segundo vivió una vida, y porque a la mente acudieron pensamientos lúcidos, y vio con ojos severos, dándose la mano la virtud con el pecado; porque vio en una misma cosa anidar el bien y el mal. Porque todo lo vio repugnante, marcado con un sello oprobioso.

Y el joven peregrino, siguió andando distraídamente por la desierta calle, gozando de la calma de la media noche. En su semblante fresco se notaban las señales del trabajo y del sufrimiento. Su boca se contraía a causa de las imprecaciones. A ratos se quedaba pensativo, arrimado a un poste de luz. Encendía un cigarro y se ponía a contemplar el blanco cielo impasible y puro, pero el horrible silbido que con su pito daban los guardianes de las calles, lo hacían proseguir su marcha, a pasos lentos, con las manos metidas en los bolsillos del roído gabán, pensando en sus decepciones, en dolores y en nuevos desencantos de la vida.