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Donaldo Cohen Castell

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Nació el 15 de mayo de 1949, en El Carmen de Bolívar. Estudió Sociología en la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla. Se especializó en Estructuras Latinoamericanas, en el DEI (Departamento Ecuménico de Investigaciones) en San José de Costa Rica. En ese lugar fue alumno de Franz Hinkelammert y Pablo Richard. Se dedica a la formación pedagógica y cultural de estudiantes y docentes. Muchos de sus artículos han sido publicados en la Revista Vestigios. Dentro de sus escritos sobresalen: La ciudad educadora, el gobernante de la modernidad, el fanatismo es evitable con un poco de reflexión, las inteligencias múltiples, la tecnología reemplazo la interacción social, los pueblos de nuestro territorio han perdido su identidad, nuevas relaciones juveniles a partir de la televisión, y muchos más.


Nuevas relaciones juveniles a partir de la televisión.

Pocas personas y de modo especial la juventud, posee criterios de reflexión sobre la influencia que establece la televisión en nuestro medio social, familiar y personal. Datos estadísticos mencionan que proporcionalmente el niño de hoy pasa más tiempo frente a la televisión que en la escuela. Esto ocurre precisamente en las etapas de formación psicomental y de socialización primaria. En el desmesurado consenso de sonidos e imagen va a condicionar poderosamente la personalidad del niño o adolescente.


La televisión “abuelita electrónica” que ya no es intrusa en el hogar, es un aparato indispensable tanto como el agua, la luz y el alimento cotidiano. Se ha impuesto en casa por su practicidad y comodidad. La televisión posee un algo especial del cual carecen los demás objetos de la casa. La televisión es igual a una entidad con capacidad de hablar. Es el amigo apacible, “manejable” y siempre solicito, compañero en la soledad y en el grupo. No es sólo un aparato, es la personalización de muchos deseos juveniles. Tiene algo de nosotros y nosotros tenemos algo de él. Para el padre que observa cómo la televisión divierte a su hijito y para la madre que sirve del televisor a fin de lograr distraerlo mientras realiza las labores domésticas, el televisor “es alguien”, no sólo algo. Se le ha denominado teleniño aquella generación humana que desde ante de su nacimiento es influenciado por la televisión. Se trata de generaciones recientes para quienes el imperio de la televisión constituye una realidad psicobiológica.


Se afirma que el teleniño al matricularse para primaria maneja más información que la que pudo manejar Aristóteles para fundar su sistema filosófico, esto gracias a la televisión. En el ser humano existe un órgano adaptado al mundo de las representaciones. Se localiza en la parte derecha del cerebro y se le conoce como Homeostato, éste órgano según su naturaleza y objetivos, se adapta para que los mensajes simbólicos mantengan un ritmo controlable.


Un psicólogo social canadiense (Barline), asegura que la revolución tecnológica aplicada a la comunicación ha modificado éste Órgano. Los adultos poseen un Homeostato adecuado a la tecnología de su tiempo por ellos, hace un siglo, al tiempo que se recibían 50 mensajes las personas eran capaces de responder con otras 50 respuestas. Pero hoy cada 500.000 mensajes recibidos se emite solamente un mensaje. Esto implica dos situaciones para el cerebro del joven contemporáneo: Por una parte el uso excesivo de la parte derecha de su cerebro, esto significa de las reacciones subjetivas afectivas, por otra parte el desuso atrofia la parte izquierda de su cerebro, esto significa disminución de la capacidad racional y lógica.


La televisión es igual a transmisoras de valores e ideologías específicas. La misma concepción que tenemos de la televisión proviene de los valores que ella nos ha transmitido. Mcluhan coloca a la televisión dentro de los medios que él denomina “clientes” porque exige del telespectador una atención concentrada. Por esa atención la juventud frente a la televisión está inconscientemente receptiva, asimilando más información y valores de los que se imaginan.


La televisión presenta una específica “codificación” de la realidad social y personal. La particularidad de esa codificación está en perfecta armonía con los valores, intereses ideológicos, comerciales de los dueños de las televisoras. Sería “ilógico” que los dueños de las televisoras crearan programaciones que vayan en contra de sus intereses económicos y morales. Gracias al mágico mundo de la televisión se rompen las coordenadas espacio temporal y se crea un mundo donde todo es posible, es aquí donde particularmente para el joven, la televisión se convierte en todo un “Sacramento” portador de ilusiones: El héroe X, la telenovela, tal o cual programa nos hace recrear la realidad a la medida de nuestros deseos, frustraciones e ideales.


Hasta aquí hemos constatado el hecho de la presencia y significación de la televisión para los jóvenes. Conviene realizar un balance de los elementos positivos y de los elementos negativos que se le atribuyen hoy a la televisión.


Aspectos positivos de la televisión para la juventud.

Plantea un cuestionamiento sobre el uso de un instrumento muy atrayente y exige crear una provechosa alternativa. Puede ensanchar horizontes de interés, suscitando actividades nuevas y solidificando las preocupaciones más importantes.


Mcluhan afirma, que ayuda a la profundización, que exige concentración y por ello evita la dispersión. Abre posibilidades de compartir socialmente con amigos, sobre un personaje “X” sobre tal o cual programa. La tecnología televisiva hace posible que los hechos más resonantes a nivel nacional e internacional sea visto, su programa es vivo y presente. Ninguna otra técnica de información de masas posee la credibilidad que posee la televisión. Obviamente lo anterior depende de que si las televisoras permiten tal información. Ayuda a utilizar nuevos lenguajes (evocativos afectivos) y a conocer muestras culturales de otras latitudes.


No sin razón se ha denominado la televisión “Ventana del Mundo” ya que no ser por la televisión, grandes mayoría de población dejaría de informarse de reconocidas obras culturales que han marcado el mundo occidental. No son pocas las obras culturales que en el espacio de una noche ha llegado a más público que al público que hablan conocido tal obra a lo largo de los Siglos anteriores.


Aspectos negativos de la televisión para la juventud.


Incomunicación, aislamiento, “falso concepto de formación”, alteración de los propios patrones culturales ya que es más barato importar programas enlatados. “Si la televisión gana mucha plata produciendo lo peor... se está censurando cada vez más lo que podría ser una programación excelente” (Garaudi).


Control de la vida familiar y de la juventud: Cuando nos quejamos de la mala programación estamos argumentando el mensaje oculto el gran poder que ejerce la televisión sobre nosotros. Reemplaza los espacios lúdicos de generaciones anteriores: adivinanzas, juegos de naipes, tresillos, tableros, bolinches, lleva a consumo pasivos de estímulos sensoriales sin posibilidad de reacción (básico para personalidad racional). Actitud mental pasiva que acostumbra a un aprendizaje “de segunda mano” en detrimento de un aprendizaje por la lectura.


Crea desequilibrio emocional, pues de un mensaje estímulo a otro sólo media unas fracciones de tiempo insuficiente para traducir racionalmente el estímulo y crea reacciones equilibradas.


La televisión crea la ilusión de que es el espectador el que por libre voluntad ordena y manda sobre ella. La televisión, por su forma y contenido, disminuye (y hasta elimina) la capacidad creativa y el espíritu lúdico del joven. La teleadicción crea una idealización con el medio donde se vive.


Para los jóvenes la televisión es cada vez más una fuente de escape ante los conflictos y problemas que hay que afrontar. La realidad social y personal es creada a la medida de los deseos e ilusiones, lo cual en vez de ayudar a enfrentar la vida hace que nos alejemos de ella.


La transmisión ideológica, la estructura comercializante y la manipulación son elementos que envuelven al telespectador. En nuestro medio estos elementos son nocivos.
La atrofia del hemisferio izquierdo del cerebro y el superdesarrollo del hemisferio derecho puede estar creando una sociedad totalmente diferente: Más fácil de manipular y explotar. Según varios autores (Blake) cuando cambian los órganos perceptivos, cambian también los comportamientos, el desarrollo excesivo del hemisferio derecho del cerebro llevaría al predominio de lo sensorial sobre lo intelectual como consecuencia del estímulo ejercido por imágenes y sonidos. Esto plantea una ruptura generacional mayor pues en el Homeostato del adulto y del joven resultan totalmente diferentes, y por consiguiente, así mismo las expectativas y comportamientos de unos u otros.


Si para ciertas personas informadas sobre la transmisión ideológica de la televisión ésta sólo convierte “aparentemente” lo real en la televisión presenta una realidad tan “real” como su propia existencia. Por ella las programaciones se infiltran en el inconsciente (en el panto genésico) y actúa en un 80% en cada operación mental). Al infiltrarse se vuelve sumamente influyentes dándose un fenómeno de “alienación” e igual a ajenación igual comportarse como si fuera otra persona igual a conversión de lo real en espectacular.
El control de la televisión si abre la vida familiar creando modificaciones conductales de costumbres antiquísimas: por ejemplo. El modo de vestir, las comidas, el lenguaje, el horario, la distribuciones del tiempo, etc., esto tiene repercusiones muy notables en la juventud. No es extraño el descuido de las labores, de tareas colegiales y universitarias, de obligaciones familiares, etc. por causa del uso de la televisión.

El fanatismo es evitable con un poco de reflexión.

Es imposible analizar razonablemente la sociología del terrorismo sin una definición suficientemente clara de lo que se entiende, en cada caso, por terrorista, habitualmente se le confunde con el revolucionario y otras veces con el fanático. Pero no es lo mismo y a veces resulta ser lo contrario. Como observo Eric Fromm, “un revolucionario” no es la persona que participa en revoluciones, no es ni siquiera el rebelde que puede obrar, y de hecho obra, por otras razones, no necesariamente revolucionarias.


Todo depende del carácter de la persona. El rebelde tiene generalmente un carácter resentido, que lo inclina a las actividades destructivas. Pero se convierte en conformista una vez adquirido el poder que busca y que antes criticaba a los otros. Esta característica se observa frecuentemente en el terrorista, que combina el resentimiento con otro factor: El fanatismo. El mismo Fromm hace el análisis clínico del fanático de esta forma: El fanático es un narcisista. En realidad, una persona muy próxima a la psicosis (depresión combinada muchas veces con inclinaciones paranoides); una persona que como cualquier psicótico está totalmente desconectada del mundo exterior.


Pero el fanático ha dado con una solución que lo pone a salvo de la psicosis manifiesta. Ha elegido causa, no importa cual, política, religiosa, cualquier otra y vive solo para su culto. Ha convertido esta causa en ídolo. De esta manera al someterse completamente al ídolo, le haya un sentido vehemente a la vida, una razón para vivir. En su sumisión, se identifica con el ídolo, al cual convierte en un absoluto. Con estos elementos podemos pisar un terreno más seguro: El terrorista no es un revolucionario y no es siempre un fanático solamente es una variedad del fanatismo, combinada con el resentimiento Casi siempre es incompatible por principio con la revolución. Marx lo vio claramente y los primeros discípulos del socialismo científico se desvincularon totalmente y desde el principio de toda afiliación terrorista.


En el análisis del carácter, Fromm parte de una premisa muy fecunda y que guíe al analista en este peligroso sendero donde halla uno de todo, particularmente el prejuicio y la actitud emocional. En cualquier fenómeno político pasa lo mismo, aunque no se trate de revolucionarios ni de fanáticos, ni de terroristas o rebeldes. Tener una opinión es una cosa, tener una convicción es otra cosa. Una opinión es simplemente un producto del conocimiento. A veces no es más que un contagio de la comunidad en que se vive, pero aunque no tenga bases intelectuales, si no pasan hacer simple opinión no causa actitudes fanáticas, ni rebeldes y generalmente tampoco revolucionarias. Una opinión se convierte en convicción cuando se enraíza en la estructura caracterológica de una persona, respaldada por la energía contenida su carácter, y carácter es el destino del hombre. Ese carácter “como destino del hombre” (idea contenida en Heráclito, en Freud y repetida por Fromm), es lo que tiene el revolucionario y algo de que carece el fanático.


La conclusión es clara: El terrorista viene a ser lo contrario del revolucionario, es en realidad el gran enemigo de la revolución, tanto más perjudicial cuanto no lo sabe. Al contrario, está convencido de estar transformando a la sociedad. Su poder de contagio es enorme a medida que la sociedad en que vive produce resentidos que se vuelven fanáticos y finalmente terroristas. En este punto hay que estudiar otros factores muy complejos, empezando por el muy natural de la estructura social, a la cual se le pueden atribuir fácilmente todos los males del mundo: Cuando la opinión se convierte sin carácter.