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Alvaro Bustillo Ballestas

Nació en San Juan Nepomuceno, sus estudios de primaria los realizó en la Escuela Pública Urbana de Varones y la secundaria en la Normal Superior Diógenes Arrieta, de su solar nativo. En 1979 obtuvo el titulo de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas, otorgado por la Universidad de Cartagena. En esa misma Universidad obtuvo el titulo de diplomado en redacción. Se especializó en Administración Pública. Ha publicado en revistas culturales, es directivo y colaborador de la revista Callejuelas de mi pueblo de San Juan Nepomuceno. Es autor de los siguientes libros: Trámites de automotores y Memorias de mi tierra (2003).


De la muerte nadie se escapa.

Una vez que Doña Clotilde cumplió sus ochenta años de vida, se fijó un propósito en su vida. No morirse. Para cumplir con semejante empresa, ordenó que le acondicionaran una habitación especial en la cual tendría todos los servicios indispensables en una casa. Lo importante era separarse del mundo exterior para evitar contaminarse de alguna enfermedad y no tener contacto con personas o animal alguno. Su habitación fue cerrada por todas partes, sus paredes y techo fueron reparados en forma cuidadosa y solamente dejaron una diminuta ventana por donde ingresarían los alimentos.

Cuando consideró que su habitación estaba adecuada para vivir, se dio a la tarea de arreglar algunos asuntos personales antes de internarse en su cuarto. Hizo la paz y renovó la amistad con algunos vecinos, visitó el cura del pueblo y confesó sus pecados, adquirió una biblia y un rosario, canceló todas las deudas que tenía con los prestamistas del pueblo y con los comerciantes.

Regaló su hermoso perro y vendió todas las gallinas que tenía en el patio. Después se dirigió al laboratorio clínico y se práctico los análisis para conocer el estado del colesterol malo y bueno, conocer el metabolismo del azúcar, el estado de los triglicéridos, el funcionamiento de los riñones, detectar la presencia de parásitos intestinales y de cualquier otro virus. La muerte había que atajarla por todos lados.

Contrató los servicios de los mejores médicos especialistas y se práctico exámenes contra las enfermedades tropicales, incluyendo la tos ferina, viruela, sarampión, paperas, el resfriado común y la gripe asiática. Un famoso internista del pueblo la examinó sobre las enfermedades cardiovasculares, respiratorias, diarreicas, enfermedades de los riñones, del hígado, el páncreas y el colón. Así mismo se dirigió a un centro médico de la más alta categoría y se hizo practicar una citología vaginal para prevenir cualquier cáncer en el cuello uterino, se practicó una mamografía. Se tomó placas en los pulmones para prevenir cualquier enfermedad pulmonar.

Acudió a un puesto de vacunación y prevención de enfermedades y se hizo examinar contra la enfermedad del sueño, la peste negra, la peste bubónica, el mal de chagas, el mal de Parkinson, el mal de Alzheimer, la diabetes mellitus, el tripanosoma cruci, controlar el ciclo evolutivo del plasmodium, la lepra, el bacilo de Koch, la hepatitis, el cáncer en sus diversas modalidades, la osteoporosis, enfermedades venéreas y hasta las siete plagas de Egipto. La muerte había que atajarla por todos lados.

En un centro odontológico le practicaron un trabajo integral que incluyó tres coronas, cuatro calzas en porcelanas, un puente fijo y un trabajo para blanquear los dientes. Un especialista en enfermedades de la garganta y oídos le hizo un minucioso estudio sobre las probables secuelas que dejó su hábito de fumar y le midió su capacidad auditiva, encontrándola en óptimas condiciones. Un optómetra le midió su campo visual, le tomó la presión del globo ocular y le recordó cambiar los lentes por otros de mayores dioptrías. La muerte había que atajarla por todos lados.

Una nutricionista le diseño un riguroso plan dietético, que comprendió la eliminación de carnes rojas, grasas animales, carbohidratos, leche sin descremar y pollo sin pellejos. En este plan de dieta se incluyó un programa de gimnasia pasiva y de relajamiento muscular. Para controlar el peso le recomendó la compra de una báscula y el uso de una tabla con los pesos de acuerdo a la estatura y la edad. La muerte había que atajarla por todos lados.

Una vez que terminó de cumplir estas precauciones, se dio por satisfecha con su plan, se encomendó al Santo Patrono del pueblo y se internó en su cuarto de habitación. Si el plan de vida de Doña Clotilde se desarrollaba como tal, lo más seguro es que se convirtiera en la longeva del pueblo. El tiempo siguió su curso normal, y Dona Clotilde arribo a los ochenta y ocho años, viviendo en completo aislamiento con el mundo exterior y se sentía tan feliz y segura de su proyecto, hasta el punto de que pensó en vender y exportar a otros países algunos paquetes de supervivencia. Su fama llegó a otros países y fueron muchos los periodistas que llegaron para entrevistarla, pero Dona Clotilde se aferró a cumplir con su proyecto de vida y se negó a dar declaraciones. Algunos magnates griegos y árabes, se mostraron interesados en el proyecto para prolongar la existencia, sin embargo, ellos tampoco tuvieron éxito porque la señora Clotilde no quiso recibirlos por temor a contagiarse con alguna enfermedad.

Cierto día, mientras Dona Clotilde se dedicaba a desayunar y cuando pensaba que la muerte estaba derrotada, una tiranta del techo que no estaba bien amarrada, se desprendió y le cayó sobre la cabeza produciéndole la muerte en forma inmediata. De la muerte nadie se escapa Dona Clotilde.