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Antonio Saldías

Nació en San Juan Nepomuceno. Escritor de cuentos y novelas, ha publicado varias obras entre las que se destacan: El eslabón perdido, De el diablo quedó atras, El gran amor de Ana Lenoit, La conquista de los conquistadores, Cuentos inesperados y muchos más.

 

 

 

 

El sacristán que se la supo todas.

 

Aunque nadie en pueblo le conocía su apellido, todo mundo sabía que se le se le identificaba con ambiguo nombre de Solángel. Llegó recomendado de no se sabe quien, pero fue acogido por el padre Feliciano con muestras de mucha deferencia. Solángel se acomodó en una habitación contigua a la secretaria de la iglesia. Al principio nadie sabía de que vivía. Nadie lo veía por las tiendas del pueblo comprando nada. Simplemente estaba alojado allí en la sacristía y aunque después se descubrió que en realidad comía de lo mismo que comía el padre Feliciano, lo cierto es que Solángel nunca estuvo desmejorado. Era hombre de unos treinta años según algunos y de treinta y cinco para otros. Parecía canijo pero era fuerte. Desde su llegada al pueblo las campanas de la iglesia repiquetearon como nunca. A las cinco de la mañana ya repiqueteaban llamando a los fieles. El padre Feliciano estaba encantado con Solángel, porque además de acucioso y de ayudarlo en la misa, mantenía la iglesia como una tacita según el padre Feliciano.
La clientela de asistentes de la iglesia crecía. Solángel salía por el vecindario, conminaba dulcemente a quien no asistía a misa los domingos y exudaba un aire de canonización a nivel futuro. Solángel se ganó el corazón del pueblo que comenzó a mirar en el sacristán un verdadero emisario del señor. La confianza que despertó a su llegada se desvaneció para convertirse en admiración. Sobre todo, de las señoritas Parodi, de descendencia italiana, las mujeres más ricas del pueblo y también las más bonitas: Leonela, Irene y Elina. La mayor, Leonela, era simplemente hermosa y encantadora. Usaba un peinado alto, mantilla andaluza y zapatos con tacos altos. Estaba en los treinta y cinco pero se quitaba diez. Irene, la segunda, era tan bonita como su hermana mayor, racista hasta los tuétanos. Detestaba a cuanta persona no perteneciera a la raza blanca caucásica. Elina, la tercera, treintana también, cortada con la mismas tijera que sus dos hermanas deliraba hablando del vaticano donde decía haber tenido un pariente que dizque había sido obispo auxiliar del papa. Frecuentaba con más asiduidad la iglesia del padre Feliciano, y mucho más ahora que estaba al frente de la sacristía Solángel, quien se mostraba sumamente solicito con las Parodi. Estas, en su condición de indiscutiblemente las mujeres más ricas del pueblo colmaban de atenciones al secretario del padre Feliciano.
Solángel se mostraba verdaderamente atento y encantador con las Parodi, y el hecho que las Parodi, siendo las más ricas y distinguidas del pueblo demostrarán su protección al sacristán, bastó para que Solángel se introdujera casi que al nivel de la misma sociedad. El padre Feliciano, en sus visitas a los vecinos, no escatimaba elogios para con su secretario sacristán, a quien trataba como a persona distinguida y santa. No era raro encontrar a Solángel en cualquier día de la semana arrodillado ante el altar de la virgen del Carmen elevando plegarias.

Como las Parodi eran devotas de aquella virgen y santa, la coincidencia fue triplemente grata para las célibes ricachonas del pueblo.

Comenzó Solángel a vestir elegantemente y la gente a murmurar que las Parodi le daban la plata para comprar la buena ropa. Algunos runruneaban que como el sacristán era joven todavía, de pronto podría casarse con cualquiera de aquellas mujeres, pero la mayoría de la gente afirmaba que todo eso eran calumnias, pues Solángel de verdad era un verdadero santo llegado al pueblo. Todo hacía indicar que así era. Solángel era la encarnación de la piedad cristiana. Bajaba lo mirada ante las señoras encopetadas del pueblo, y recibía las limosnas dominicales con unción rayana en la pura santidad.

Las Parodi se mostraban cada día más asiduas asistentes a la iglesia del padre Feliciano. El cura, que ya rayaba en los setenta y cinco, dormía profundamente todas las tardes al sopor de la canícula en los bancos de la iglesia. Solángel suplía esa modorra cural redoblando las atenciones con los feligreses. Fue por aquellos días cuando Leonela Parodi pareció interesarse más por Solángel. Todas las tardes lo visitaba y cuando el padre Feliciano roncaba, Solángel entretenía a Leonela contándole historias de santos y misioneros que dieron sus vidas en aras de la religión y de la iglesia católica. Leonela se extasiaba escuchándolo y cuando llegaba a su casa, lo era hablando bellezas de Solángel.

Irene Parodi, la segunda de las ricas hermanas, también se interesó más por Solángel por aquellos días, y sacaba tiempo de cualquiera hora para visitar al sacristán secretario del padre Feliciano.

Elina, la última Parodi, coincidencialmente se interesó mucho por aquellos días por la vida de Solángel, e incluso una tarde lo invitó a comer en casa. Aunque las dos hermanas mayores no encontraron correcto el atrevimiento de Elina, aceptaron y disfrutaron de una cena en compañía de Solángel.

El pueblo comenzó a urdir comidillas, que  si esto, que si aquello, que si lo otro, que si las Parodi, que si el sacristán pero el padre Feliciano despejó dudas comentando con vecinos y feligreses, que su secretario sacristán era un santo de verdad. Lo cierto fue que Solángel recibió de manos de las Parodi, en forma individual y sin que ninguna de las tres se enteraran entre sí, de gruesas sumas de dinero que el canijo sacristán guardó con diligencia judaica. Todavía se ignora la forma utilizada por Solángel para sacarles tanta plata a las Parodi. Algunos la calcularon en varios millones de pesos. Dicen que los deposito en un banco de la capital de la república. Otros afirman que se marchó a los llanos de Casanare de donde era oriundo. Lo cierto fue que cuando se marchó del pueblo, las tres hermanas Parodi estaban casi para dar a luz. Todas esperaban su Solangito, y naturalmente los tuvieron, pero los tres muchachitos tuvieron que bautizarlos con el apellido Parodi, porque aún a la partida de Solángel, nadie en el pueblo supo en realidad cual era su apellido.