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Anibal Noguera Mendoza

Nació en Zambrano (Bolívar) en 1923. Cursó estudios de Ciencias Sociales en la Universidad Central de Madrid y Comunicación Social en el Centro de Enseñanza para Graduados, en Costa Rica. Ex embajador en Haití, escritor y estudioso de las ciencias sociales. Igualmente, fue miembro de la Academia de Historia, del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, de la Sociedad Santanderista de Colombia, de la Sociedad Económica de Amigos del País y de la Junta Directiva de la Fundación Biblioteca del Pensamiento Liberal.

También fue colaborador de EL TIEMPO con columnas en la página editorial firmadas, en ocasiones, con su propio nombre o con los seudónimos de Benito Cereno y Caín. Hizo diversas especializaciones en el área de la comunicación en París, Rennes, Marsella, Toulousse y Cahor. Escribió cinco libros sobre la historia y la cultura colombiana.

Entre sus libros se destacan: Colombia bajo la sombra de sus árboles, (1982), editado por el  Fondo Cultural Cafetero de Bogotá, Y Aproximación al Libertador, Complemento a la historia extensa de Colombia. Estaba casado con Teresa Martínez con quien tuvo cuatro hijos.

Murió el 1º de septiembre de 1990 en la ciudad de Bogotá donde residía. Su muerte coincidió con la del escritor Próspero Morales Pradilla, el autor de Los pecados de Inés de Hinojosa.


La tarde que asesinaron a Gaitán.

Primero fue el desconcierto, después la indignación, luego sopló una ráfaga de cólera que encegueció las conciencias. La historia de Colombia tomó otro rumbo. Ya el País no regresaría jamás a lo que había sido hasta la 1:15 p.m. del 9 de abril de 1948. Ni aún los sucesos en la antigua Roma con motivo del asesinato de Julio César, se pueden comparar con esa tarde en la que el pueblo bogotano se levantó en la más violenta protesta. Jorge Eliécer Gaitán había despertado las esperanzas de las gentes, que consideraron el magnicidio como la frustración de sus sueños democráticos.

Aquí no pasa nada

El 9 de abril de 1948 los diarios colombianos amanecieron con los principales titulares de sus primeras páginas dedicadas a la IX Conferencia Internacional de Estados Americanos que se celebraba en Bogotá. En el programa del día, los delegados tenían la inauguración de la Exposición Pecuaria Panamericana, en la mañana, y, por la tarde, un coctel en el antiguo panóptico, convertido en Museo Nacional, que se ofrecía en honor del general George Marshall, secretario de Estado de los E.E.U.U.

A las 9 de la mañana el Presidente Mariano Ospina Pérez se encontraba en su despacho del Palacio de Nariño y el doctor Jorge Eliécer Gaitán entraba a su oficina de abogado del Edificio Agustín Nieto, carrera 7, número 14-35. Eran los dos colombianos con mayor poder en ese momento; el uno como Jefe del Estado y el otro como director único del partido liberal.

Era una de esas frías mañanas bogotanas, en las que el sol se cuela por la neblina con una luz sin brillo. En el sobrio Capitolio de piedra y columnas jónicas, en donde se realizaba la Conferencia americana, flameaban las banderas de los países participantes. Nada nuevo ni sorpresivo ocurría en la Plaza de Bolívar, apenas el vuelo de las palomas de las fuentes luminosas a las torres de la Catedral. Por la carrera séptima, la vía más importante, pasaban chirriando los tranvías con su carga de empleados y estudiantes rezagados.

Bogotá, a pesar de la reunión internacional, no había roto su sosiego, con unas gentes de modales finos, vestidas de oscuro y sin apresuramientos, que celebraban sus fiestas al ritmo de valses y tangos. Aunque ya sentían el avance de la música antillana ejecutada por la orquesta de Lucho Bermúdez en el grill del Hotel Granada, el rendez-vous de los capitalinos, o en el cabaret Morocco, en donde estuvo el doctor Gaitán hasta las 4 de la madrugada de ese día haciendo una ligera comida, después de su brillante y exitosa intervención como penalista en defensa del Teniente Jesús María Cortés.

Durante toda la mañana, el doctor Gaitán recibió continuas llamadas telefónicas de felicitación. Su esposa, doña Amparo Jaramillo, quiso hablar con él, pero la secretaria le informó que estaba conversando en la otra línea:

- No le interrumpa... - le exigió doña Amparo, para agregarle premonitoriamente - pero dígale que se cuide.

Una de las tantas expresiones de las esposas de los hombres ilustres cuando éstos se encuentran en la cresta de la popularidad, como era el caso del doctor Jorge Eliécer Gaitán, candidato del partido liberal a la Presidencia de la República y caudillo indiscutible del pueblo colombiano.

A la 1:00 p.m., el Presidente Ospina Pérez, sentado en la primera fila -con su esposa doña Berta Hernández, su cuñada Ángela, Rómulo Betancourt, el embajador venezolano Luis Jerónimo Pietri, el canciller Laureano Gómez y su señora doña María Hurtado - observa en la Feria un bello lote de merinos; en el bar del Hotel Granada, el secretario general de la Conferencia, doctor Camilo de Brigard Silva -sobrino del poeta José Asunción Silva - le da vueltas a los cubitos de hielo de un vaso de fino escocés. En la oficina No. 406 del edificio Agustín Nieto se ha formado una ágil tertulia, en la que participan el doctor Gaitán, con terno gris oscuro a rayas, Plinio Mendoza Neira, Jorge Padilla, Alejandro Vallejo y Pedro Eliseo Cruz; tienen como tema central del éxito profesional de Gaitán en la madrugada. Este explica su teoría sobre el honor militar, con lo que argumentó la defensa del Teniente Cortés. Por el viejo ascensor baja un muchacho desconocido y aparentemente tímido, que ha estado largo rato frente al despacho del doctor Gaitán. Allí lo vio Pedro Eliseo Cruz esperando con la pierna doblada contra la pared.

Los alegres compañeros

El doctor Gaitán observó los registros de citas para la tarde:

"4:00 reunión con Palacios.
5:00 reunión con Salazar".

Además, se reuniría de nuevo con los jóvenes cubanos Fidel Castro y Rafael del Pino para tratar sobre el Congreso de Juventudes Latinoamericanas. "Estábamos esperando una reunión con Gaitán a las dos o dos y cuarto de la tarde del día 9. Nos habíamos citado para conversar sobre el Congreso y concretar lo relacionado con el acto que iba a hacer el final del mismo, en el cual él iba a participar", le declara Fidel a Arturo Alape en 1983, en un excelente reportaje que aparece en el libro "El Bogotazo: memorias del olvido", la obra más completa y veraz sobre el 9 de abril de 1948.

El alegre grupo de amigos bajó del cuarto piso, y en la puerta de salida a la carrera séptima el doctor Gaitán se adelantó llevado del brazo por Mendoza Neira, quien le decía algo en voz baja.

Al tomar el andén, seguidos de Padilla, Vallejo y Pedro Eliseo Cruz se escucharon cuatro disparos: Jorge Eliécer Gaitán se desplomó hacia atrás.

El reloj de la Torre de San Francisco marcaba la 1:15 de la tarde.

"Aún vive, vamos a una clínica"

El médico Pedro Eliseo Cruz se arrodilla a examinar al doctor Gaitán: - "Aún vive, vamos a una clínica", fue su azorado comentario.

Lleno de pavor, con un revólver 32 corto marca Lechuza en la mano derecha, el asesino miró hacia todos lados como queriendo descubrir un claro salvador e inició hacia el sur la carrera de fugitivo:

"Un rostro pálido, anguloso, algo demacrado. No se había afeitado durante dos o tres días. En sus ojos brillaba una mirada de odio. No era un ser que estuviera cumpliendo un mero encargo; no estaba pagado simplemente. Ese rostro estaba animado de una pasión feroz. Era un fanático" Así describe Alejandro Vallejo, en un artículo aparecido en "Jornada", al muchacho que pocos minutos antes del crimen había estado con la pierna contra la pared frente al despacho del doctor Gaitán.

Sin recobrarse del impacto, los amigos del doctor Gaitán detuvieron un taxi, introdujeron al moribundo y lo llevaron a la Clínica Central, cercana al lugar de los acontecimientos.

"No me mate, mi cabo"

El criminal en su huida, seguido por limpiabotas y voceadores energúmenos, fue detenido en la misma cuadra por el dragoneante de la Policía Carlos Alberto Jiménez Díaz. "Yo me adelanté con rapidez, sacando el arma, le coloqué mi revólver sobre uno de sus costados, mientras con la mano izquierda se la pasé por delante con el fin de desarmarlo cuidándome de no ser agredido. El alcanzó a verme el distintivo de la manga izquierda de mi guerrera, y me dijo estas palabras:

- No me mate, mi cabo.

"En el recorrido que hicimos para buscar algún sitio de refugio no logramos evitar que varios emboladores le dieran golpes con sus cajones. Y uno de esos golpes, ya al llegar a la Droguería Granada que estaba abierta lo tumbó. Nosotros lo introdujimos en la Droguería levantándolo del suelo".

El boticario que había salido a curiosear, cuando se dio cuenta de la magnitud del crimen regresó apresuradamente: "... cerré la puerta de la Droguería; en el momento que la cerraba, dieron al frente los agentes de policía... traían un individuo en medio, a rastra, como en peso, y me hicieron abrir para meterlo. Un agente se quedó teniendo la puerta y el otro se dirigió al teléfono. El matador del doctor Gaitán se dirigió a un recodo que tiene la Droguería y que no es visible para la calle. En ese momento la gente se aglomeró sobre la puerta buscando el modo de entrarse. Yo me dirigí hacia el cliente y le dije:

- ¿Por qué ha cometido este crimen, de matar al doctor Gaitán?

- Ay ¡Señor, cosas poderosas que no puedo decir. Ay!, Virgen del Carmen, sálvame!, contestó en tono lastimero.

"Entonces le dije yo: "Dígame quien lo mandó a matar, porque usted en estos momentos va a ser linchado por el pueblo".

"Y me contestó: 'No puedo'".

Murió en el sitio del atentado

El cuerpo inerme del doctor Gaitán fue sacado en taxi a la entrada de la Clínica Central y llevado directamente a la sala de operaciones, pero la ciencia médica resultó impotente.

El doctor Pedro Eliseo Cruz no se apartó en ningún momento del moribundo. "Gaitán duró vivo o con signos de vida más o menos un cuarto de hora. Cuando llegó a la Clínica ya estaba prácticamente muerto. No alcanzó a decir nada: no se le hizo la transfusión de sangre ni pudo iniciarse ninguna operación quirúrgica".

El profesor Yezid Trebert Orozco, quien se encontraba en el quirófano, comparte el mismo concepto: "A Jorge Eliécer Gaitán se le sometió a todos los procesos aplicables en un caso de muerte por accidente, como inyecciones intrecardíacas, respiración artificial, etc., con miras a revivirle y ejecutar una posible intervención quirúrgica, pero todo esfuerzo fue en vano. Total que todo se practicó en el cadáver del hombre Gaitán, porque digámoslo así, él murió en el sitio del atentado...".

Acosado y despavorido

La cortina de hierro de la Droguería Granada cedió al empuje de los limpiabotas y voceadores de diarios. Pascual del Vechio pidió respetar la vida del asesino para que confesara el origen del atentado, pero no le escucharon. Como un ciclón, la poblada irrumpió en la droguería detrás del hombre acosado y despavorido.

Hernando Albarracín, vendedor, quedó atónito, observando la escena del criminal que saltaba por encima del mostrador en su último esfuerzo por salvarse: "El público lo agarró, pero el asesino me agarró a mi de una manga de la blusa y del pantalón y lo sacaron hasta la puerta de la droguería y volvieron a entrarlo, forcejeándolo el público y golpeándolo, cuando vi que levantaron una zorra de mano y se la descargaron en la cabeza y yo lo vi completamente desgonzado y lo sacaron sin ningún esfuerzo".

Un mal sueño

El país ya se encontraba en estado de alerta. Las emisoras transmitían las primeras noticias del magnicidio aún con sentido informativo.

"Ultimas noticias", la estación oficial del gaitanismo, soltó el primer petardo: "Ultimas Noticias" con ustedes. Los conservadores y el gobierno de Ospina Pérez acaban de asesinar al doctor Gaitán, quien cayó frente a la puerta de su oficina abaleado por un policía. Pueblo ¡a las armas! ¡A la carga!, a la calle con palos, piedras, escopetas, cuanto haya a la mano. Asaltad las ferreterías y tomaos la dinamita, la pólvora, las herramientas, los machetes...", a lo que agregó la fórmula para preparar y utilizar los cocteles Molotov.

Colombia despertó como de un mal sueño. Se puso de pie. El enojo creció vertiginosamente.

Venganza del pueblo

En la esquina de la calle catorce, el camarada Julio Posada vio el momento en que un grupo enfurecido de personas linchaban al criminal e intentaba meterlo debajo de un tranvía para que quedara machacado. Unos gritaban ¡Al Capitolio!, pero la mayoría pedía que fuera llevado el cadáver al Palacio Presidencial.

Lo arrastraron por la carrera séptima hacia el sur. Recibía patadas, garrotazos, insultos, salivazos. Al llegar a la plaza de Bolívar le astillaron un ladrillo en el rostro.

Un hormiguero alborotado

De los barrios se inició el éxodo de obreros y artesanos hacia el centro de la ciudad. A pie, en buses, como racimos humanos pegados en los tranvías, en bicicletas, en carros de mulas las gentes se apresuraron a unirse en la protesta.

Muchos rostros cetrinos de calentanos participaban en la movilización. Formaban la población flotante y desamparada de exiliados políticos que habían llegado del campo a la capital perseguidos por los "pájaros".

La multitud se agolpaba en las calles adyacentes a la Clínica Central. Bogotá, la ponderada Bogotá, semejaba un hormiguero alborotado.

"Eso es imposible, General"

A la una y veinte de la tarde, el Presidente Ospina Pérez, de regreso a la Feria Pecuaria Panamericana, entro al Palacio Presidencial, acompañado de su señora, doña Bertha Hernández, del Mayor Iván Berrío y del Teniente Jaime Carvajal. Las puertas se cerraron tras el carro, y al descender el primer mandatario, el general Rafael Sánchez Amaya lo recibió con la noticia:

- Excelencia, acaban de asesinar al doctor Gaitán.

- Eso es imposible, General.

- No hay la menor duda. Puede su excelencia confirmarlo con el doctor Laureano Gómez, quien se encuentra en estos momentos en el teléfono de la Casa Militar.

Sin nerviosismo, el Presidente escuchó la confirmación del hecho que le hizo el Canciller y Presidente de la IX Conferencia Americana.

- Doctor Gómez, deploro profundamente lo ocurrido y como primera medida considero que hay que reunir el Consejo de Ministros para declarar turbado el orden público y decretar el estado de sitio, a fin de poder hacer frente a los acontecimientos.

Se llama Juan Roa Sierra

El grupo que arrastraba el cadáver del criminal se había convertido en una multitud. El vocerío llegaba hasta el Palacio, y la guardia se encontraba lista para la emergencia.

Al pasar la cuadra del Capitolio, al asesino se le salieron el saco y la camisa, que fueron recogidos por Gabriel Restrepo. Entre las calles novena y octava se le despojó del pantalón, que enarbolaron en una varilla, de donde lo rescató Restrepo quien, con su extraño botín, se fue a las oficinas de "Jornada", el periódico del movimiento gaitanista, con la curiosidad de lograr la identificación del asesino. Y, ciertamente, la obtuvo con la Libreta Militar y la cédula de ciudadanía No. 2750300. Se llamaba Juan Roa Sierra, natural de Bogotá, nacido el 4 de noviembre de 1921.

Mientras tanto, el cuerpo con el rostro abotagado y sanguinolento, en pantaloncillos, con una corbata azul ceñida al cuello y las carnes desgarradas quedó botado frente a Palacio, después de una lluvia de piedras y ladrillos contra la vieja casona de Nariño que servía de despacho presidencial.

Colombia en pie

En Barranquilla, la multitud colmó el Paseo de Bolívar escuchando por los altoparlantes de "Emisoras Unidas" las noticias del asesinato. Los políticos se tomaron los gobiernos departamental y municipal. Inusitadamente, en el asta del balcón principal de la Gobernación flameó una bandera con la hoz y el martillo que fue arriada de inmediato por los jefes liberales.

En Ibagué se formó una junta revolucionaria de la que hacía parte el gobernador Gonzalo París Lozano.

En Medellín se iniciaban los disturbios.

Un torrencial aguacero impidió la inmediata reacción de Cali.

En Cúcuta se presentó un fuerte encuentro entre el pueblo y el ejército, que tercamente impidió la llegada de aquel al Concejo Municipal.

En Barrancabermeja las fuerzas sindicales se tomaron la ciudad y las petroleras.

En Bogotá comenzaron los incendios. En la plaza de Bolívar y en la avenida Jiménez de Quesada ardían varios carros del tranvía municipal.

Sin excepción, el país estaba en estado de guerra.

Disparatadas propuestas

El pueblo, con la muerte del doctor Gaitán, debió sentir sobre sus hombros el peso de un hermoso sueño derrumbado. Quedó sin guía en medio de la frustración de sus esperanzas.

Al llegar el doctor Carlos Lleras Restrepo a la plazuela de San Francisco crecían las llamas en la Gobernación de Cundinamarca: "Había un verdadero espectáculo de locura. Los rostros de todas las personas que rodeaban mi coche reflejaban el dolor y la cólera y se veían ya muchas armas en las manos del pueblo". El doctor Lleras Restrepo bajó de su automóvil y, en compañía del escritor Pedro Gómez Valderrama, se dirigió a la Clínica Central seguido de una enardecida muchedumbre. "En la clínica encontré ya al doctor Echandía, al doctor Plinio Mendoza Neira, al doctor Alfonso Araujo y a otras personas de todos los matices liberales. La exacerbación crecía por momentos ante la noticia ya conocida de que el doctor Gaitán acababa de expirar. Naturalmente se hacían las más disparatadas propuestas y de todos los sectores de la ciudad llegaban noticias de choques y violencias".

Afloró la confusión con el más ciego y frenético deseo de venganza.

Echandía, jefe del partido liberal

Los líderes liberales reunidos en la Clínica buscaban una salida para la grave situación. El público presionaba con sus gritos de rabia. El doctor Darío Echandía fue escogido como jefe del partido liberal, en reemplazo del doctor Gaitán. En esa condición apareció en un balcón para solicitar prudencia.

Desde luego, a pesar del prestigio moral y político del doctor Echandía, sus palabras no tuvieron eco. Cerca de la Clínica ardía el Ministerio de Gobierno y ya se hallaba abrasado por el fuego el edificio del diario "El Siglo".

Sonambulismo heroico

¡A Palacio!¡A Palacio!... y la orden anónima desborde la desesperación colectiva. La resolución de vindicta subió como la espuma. En un acto de sonambulismo heroico, el pueblo se encaminó a Palacio.

En la calle novena con carrera séptima se da de cara con una patrulla del ejército, y caen las primeras víctimas. Fallan diversos intentos contra la casa presidencial.

Nada podrá detener la catástrofe.

Garlanchas y fusiles

La protesta adquiere características de revuelta. El pueblo consigue apertrecharse en las ferreterías de San Victorino con machetes, serruchos, barras de acero, hachuelas, rastrillos, tridentes, garlanchas, tubos.

La policía unida al levantamiento tiene los fusiles. Los agentes, con escarapelas rojas en los kepis, se confunden con los paisanos... "Me fui hasta la Octava División -relata el doctor Julio Ortiz Márquez -, que quedaba en la carrera sexta cerca de la Universidad Libre, a ver que había. Encontré el desorden, los policías armados: "¿Ustedes que han pensado?", "No, aquí esperando órdenes", "¿De quién? ¿Ustedes tienen algún movimiento coordinado con la Séptima división?", "No, no tenemos nada". Eso era el desbarajuste, y además los policías borrachos y armados, muy difícil, muy difícil que la acción armada tuviera éxito".

La insurrección de la policía le dio confianza al pueblo. Por táctica, los diferentes cuerpos rebeldes se concentraron en la Quinta División situada en la carrera 4 con calle 24 en la parte alta de la ciudad. Bajo el comando del Capitán Tito Orozco, las fuerzas permanecieron acuarteladas en espera de órdenes.

Un fusil y diez y seis balas

La Tercera División de Policía, a tres cuadras de la Clínica Central, comandada por el abogado y mayor Benicio Arce Vera, seguía a la expectativa. A este cuartel pertenecía el dragoneante Carlos Alberto Jiménez, quien llegó a dar parte de los hechos y le entregó el arma homicida al Comandante.

Cerca de las tres de la tarde, un alud de pueblo, abrumado de ira y llanto, y encabezado por agentes ebrios, cayó sobre la División. Venía del frustrado ataque a Palacio. Antes de que entrara la multitud, el Mayor Arce Vera, despojándose de la pistola que tenía al cinto, dio la orden de no disparar. Salió al portón con el propósito de contener la poblada. Le resultó imposible. Como muchos conocían su filiación política al ser arrollado lo alzaron en hombros. Los policías revoltosos pasaron al arsenal. De un empujón abrieron las puertas para que cada quien agarrara el arma que deseara. Entre estas gentes resueltas "estaba un estudiante cubano de 21 años de edad llamado Fidel Castro".

Fidel cogió un fusil de gases lacrimógenos y una buena carga de bombas. Como esa no era su arma por el desconocimiento para manejarla, subió al segundo piso en busca de un mauser. No pasaría un cuarto de hora, cuando Fidel bajó al patio ante el ruido de la fusilería. Los improvisados milicianos disparaban al aire, después tuvieron como blanco la Torre de la Iglesia de La Candelaria. Al formarse un desordenado pelotón el joven cubano hizo parte de él con el lanzador de gases. "- ¿Qué va a hacer usted con eso?", le preguntó un oficial, y sin esperar contestación se lo quitó sin la protesta de Fidel: "- Lo mejor que puede hacer es darme eso y tomar este fusil", y se lo entregó con diez y seis balas de municiones.

La turba energúmena salió de la Tercera División a repetir la toma del Palacio Presidencial. Ahora las armas no serían machetes, piedras, tubos de acero, expresiones soeces sino tiros. Entre los últimos del tumulto caminaba un muchacho que le llamó la atención al Comandante por su desenfado. El Mayor Arce Vera recuerda en 1978 la impresión suya a un reportero de la revista "Bohemia" (La Habana, 21 de abril, número 16).

"Entre los que salían de la División había un joven alto, trigueño con una boina vasca. Lo llamé y le pregunté quien era, pues su aspecto era distinto, no se... Entonces me contestó con un acento costeño: -"Nosotros (a su lado iba Rafael del Pino) somos cubanos y vamos a combatir por la muerte del líder de la democracia". Esas fueron sus palabras. Y aquello me impresionó. Por eso, entre tantos recuerdos de aquellos momentos este se me grabó, aunque no podía decir de quién se trataba. Días después Laureano Gómez fue quien habló de la presencia del cubano Fidel Castro en Colombia y que había venido a sabotear la Conferencia Panamericana. Entonces lo relacioné con aquel muchacho armado con su fusil, saliendo con la muchedumbre, tomando por la carrera Tercera, hacia la calle Once, con rumbo a Palacio, hasta que ya no lo vi...".

Viaje al fin de la noche

Los dirigentes liberales permanecieron en la Clínica, al lado de la sala en donde yacía el cadáver del doctor Gaitán. Deliberaban sobre el fenómeno anárquico, sin llegar a ningún acuerdo para actuar con un pueblo convulsionado que no escuchaba fórmulas diferentes a las de la violencia.

Alrededor de las tres y media de la tarde entró una llamada telefónica. El doctor Camilo de Brigard Silva solicitaba al ex ministro Alfonso Araujo. De Brigard Silva inició la charla preguntando los nombres de las personas que acompañaban a Araujo y al informarse, después de algún rodeo sobre la gravedad de la situación, le propuso: "¿Por qué no vienen a Palacio a ver que se hace, cómo se llega a un entendimiento?". La solicitud, bien recibida por Araujo, necesitaba un aval... el del Presidente de la República. Y el Secretario de la IX Conferencia Internacional de Estados Americanos aseguró que estaba facultado por el primer mandatario para hacer la invitación. La aseveración enfática la escuchó el doctor Carlos Lleras Restrepo. Sin embargo, en 1973 De Brigard Silva le manifestó al periodista Arturo Abello como aparece en la publicación "Así fue el 9 de abril", que "Araujo me preguntó si yo estaba autorizado por el Presidente Ospina. Le di mi respuesta evasiva...".

Para los jefes liberales se prendió una luz verde. Si el pueblo no los escuchaba, tenían que entrar en contacto con el gobierno para evitar el naufragio nacional. Sin consideraciones personales de ninguna índole partieron de la Clínica bajo una tremenda tempestad, expuestos a las balas de los francotiradores y a las de los soldados. Resultó un viaje hasta el fin de la noche. Con patriotismo y coraje expusieron sus vidas. Al llegar a la carrera séptima, el expresidente Echandía ordenó entrar al Teatro Nuevo para acordar los términos de la entrevista con el Presidente. El huracán popular impidió el propósito del nuevo jefe y apagó su voz. Como era imprescindible alguna serenidad, el doctor Carlos Lleras insistió en dirigirse al público desde los balcones de una sastrería vecina al Teatro, pero tampoco fue escuchado.

En fila india, pegados a las paredes, los dirigentes liberales marcharon a Palacio. El doctor Alfonso Araujo, asido del brazo por una señora, y el escritor Pedro Gómez Valderrama se adelantaron, seguidos por un centenar de personas. En la esquina de la Plaza de Bolívar el ejército los recibió con una descarga cerrada, que los hizo tirarse al suelo. Araujo quedó con el cadáver de la desconocida señora al lado. Gómez Valderrama, levemente herido, tenía el rostro cubierto de sangre. Seguir adelante era una insensatez.

Los dirigentes regresaron al Teatro Nuevo y, por una puerta secreta que daba al Teatro Atenas, en la calle 12, salieron otra vez a la calle. Dejaron la peligrosa carrera séptima para continuar por la sexta hacia la casa presidencial. En la ruta encontraron al patricio liberal y Director de "El Espectador", don Luis Cano, quien, apoyado en los brazos de Jorge Padilla y Alejandro Vallejo, hacía un esfuerzo sobrehumano para caminar. El viejo y brillante periodista, sin la representación de nadie, resolvió entrevistarse con su amigo y paisano el Presidente Ospina Pérez. "El doctor Echandía se detuvo para exigirle a los seguidores anónimos que lo dejaran seguir solo con el grupo de compañeros, porque no debía de ser un mitin el que iba a Palacio. Ese grupo del pueblo le obedeció, pero de allí salió un grito que le exigía: "Pida el retiro de Ospina".

Con lentitud avanzó el grupo, detenido a cada momento por patrullas militares notoriamente tensas y nerviosas. El capitán Israel Hurtado dirigió la marcha, dando la orden de no disparar. Bajaron hacia la séptima. El de Palacio estaba lleno de cadáveres. A las seis de la tarde llegó el grupo a la casa presidencial. Había recorrido cinco cuadras en tres horas, caminando por el filo de la navaja. Al presidente tuvieron acceso don Luis Cano y los doctores Darío Echandía, Carlos Lleras Restrepo, Plinio Mendoza Neira y Alfonso Araujo.

Ospina Pérez quedó sorprendido con la presencia de los dirigentes liberales en Palacio. Creyó que alguno de éstos le había pedido audiencia y, antes de recibirlos, consultó con los colaboradores más allegados sobre las posibles incidencias del diálogo.

La batalla política principiaba con un engaño, y no terminaría sino al amanecer.

El demonio se enloquece

Los cocteles Molotov causaban estragos en los edificios que el pueblo consideraba como centros del poder oligárquico. La caza de estos objetivos se hizo en desorden, por grupos sin coordinación. El fuerte aguacero que caía sobre la ciudad no pudo contener el furor de las llamas, que saltaban a las casas vecinas arrasando caso todo el centro de Bogotá.

Las teas de la gobernación de Cundinamarca, del Ministerio de Gobierno, de "El Siglo", del histórico Palacio de San Carlos que sucumbió con la pérdida irreparable del retrato de Bolívar pintado por Gill en Londres (1810); la Nunciatura Apostólica, el Palacio de Justicia, la Universidad Femenina de los Jesuitas, los conventos de las Dominicanas y el de Santa Inés, la Procuraduría General de la Nación, el Ministerio de Justicia, el Hotel Regina, la Casa Cural de la Iglesia de Veracruz, el Hospicio con su vieja iglesia construida en 1604 propagaron la quemazón. En los cerros del barrio Egipto apareció la llamarada del Colegio de la Salle de los Hermanos Cristianos, como hacia la Sabana la del Colegio San Facón.

La tarde gris se iluminó. Con una vehemencia fantástica, el fuego parecía un demonio enloquecido. La realidad superaba a la imaginación. Esa catástrofe del "bogotazo" sólo era comparable a las escenas de Conventry bajo los bombardeos nazis, que se habían visto en los noticieros cinematográficos, o a la Entrada del Infierno dibujada por el pincel delirante de Jerónimo Bosco en "El jardín de las Delicias".

Toque demencial

El alcohol y el saqueo le imprimieron a la revuelta un toque demencial. La ira terminó en barbarie y la venganza en rapiña. Todo estaba permitido. Las cárceles fueron abiertas por los guardianes. Se olvidó el motivo de la sedición para darle paso a instintos primarios y brutales. La avidez se despertó con una hambre de siglos. Los saqueos de los almacenes de la calle Real, de la Avenida de la República y de las platerías de la calle 12 se ejecutaron con frenesí. Una extraña obsesión dirigía a las pandillas al robo de pieles y joyas. Los saqueadores entraban en lucha a muerte por un manguito de ming o un broche de diamantes.

Los bultos de mercancías los trasladaban a los cerros para guardarlos en casuchas del lumpen. Desfilaban los más singulares objetos: pianos, refrigeradores, lámparas de baccarat, bicicletas, sofás, mesas de mármol, cuadros, alfombras. "Los amotinados - registra la revista "Semana", No. 78 del 24 de abril de 1948 - llevaban sobre sus espaldas los pesados fardos que contenía el fruto de los asaltos. Los había demasiado grandes y quienes los portaban resolvían ofrecerles en venta y por mitad de precios ridículos: botellas de champaña a dos pesos, docena de medias de nylon a tres; abrigos de pieles a treinta; ternos para hombres a diez; zapatos a dos; joyas; relojes; artículos de arte, se cambiaban por comida o por trago".

En los días siguientes abrieron una especie de remate del pillaje en los extramuros, que el negro humor bogotano calificó de "feria panamericana".

Todo fue excesivo. Las borracheras obnubilantes traspasaron los límites de las conciencias. Los corchos de las botellas de Clicoot volaban presionadas con la punta de machetes o tijeras de jardinería. El coñac corrió a rodo por las gargantas acostumbradas al aguardiente y a la chicha. Quienes probaban por primera vez los fuertes licores nórdicos astillaban los envases contra el pavimento.

Los ebrios caían fulminados. Como muertos los recogieron los camiones del ejército y llevados al Cementerio Central en sus pasillos se despertaron rodeados de cadáveres.

Paradójicamente, el alcohol desempeñó una función salvadora para el Gobierno, que pudo dominar la situación a sangre y fuego en la misma noche. El destino de la revuelta habría sido otro, puesto que la policía estaba al lado del pueblo.

La junta revolucionaria

El vacío de dirigencia popular trajo como resultado el desorden que imperó en la ciudad. Sin orientación de ninguna clase, el pueblo cayó en el motín.

Cerca de las 8 de la noche, el doctor Adán Arriaga Andrade, ex ministro y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, llegó a "Ultimas Noticias", preocupado por el cambio que había dado el movimiento popular hacia el incendio y el robo. "A ver ¿qué hacemos?, preguntó al corrillo que se formó en el segundo piso de la emisora con Gerardo Molina, Diego Montaña Cuellar, Carlos Restrepo Piedrahita, Jorge Zalamea, Jorge Uribe Márquez, José Mar y otros. Y sin demora acordaron frenar el saqueo, e inmediatamente entraron en acción. Llamaron por teléfono a "El Tiempo" para indagar por las conclusiones de las conferencias en Palacio, sin ningún resultado positivo. "Constituyamos una Junta Revolucionaria -decidieron- para que haya alguna dirección, porque no sabemos quién es el jefe, si Echandía o Carlos Lleras o Luis Cano o Araujo".

Al informar a "Ultimas Noticias" la creación de la Junta Revolucionaria, Arriaga Andrade pasó el micrófono para dar la primera consigna: "La Junta Revolucionaria anuncia que... a quien se capture con atados en la cabeza, asaltando o robando, será llevado a la Quinta División, cerca del Panóptico, para inmediatamente seguirle Consejo Revolucionario".

El gobierno, una vez rechazados los ataques a Palacio, en ningún momento se interesó por evitar el pillaje. Dejó a la ciudad sin protección. En manos de los maleantes, a quienes los guardianes de los presidios soltaron en masa, sin razón conocida hasta ahora. ¿Cómo se produjo la orden? Este es uno de los misterios del 9 de abril.

El insólito desarrollo de los acontecimientos creó la necesidad de la "ficción de autoridad" que representaba la Junta Revolucionaria. El poeta y ex embajador Jorge Zalamea preparó los comunicados que condenaban el saqueo y anunciaban las sanciones para los delitos contra las personas o las propiedades, para transmitirlos por "Ultimas Noticias". "Como allí mismo algunos miembros de la policía - comentaba Zalamea - nos manifestaron que ésta estaba a nuestras órdenes, discutimos la conveniencia de aprovechar esas fuerzas para establecer el orden en el centro de la ciudad que había sido abandonado por el gobierno. Propuse yo entonces que se hiciese una concentración de policía en la Plaza de San Francisco para desde ella establecer los destacamentos que controlaran el sector más importante de la ciudad. Pero se me dijo que por razones tácticas la concentración no debía hacerse en San Francisco sino en San Diego... quedando todos citados para las nueve de la noche...".

Tregua hasta el amanecer

La lluvia, que caía desde el mediodía, arreciaba. Para acallar "Ultimas Noticias", el gobierno dejó una zona sin corriente eléctrica. Poco después una patrulla del ejército allanó la emisora.

Los miembros de la Junta Revolucionaria habían partido por diferentes rutas con dirección a la Quinta División. Zalaméa pasó por "El Liberal", situado en la calle 16 con carrera 15, para intentar comunicarse con Echandía o Carlos Lleras. Desafiando el tiroteo, los otros llegaron al cuartel en pie de guerra, que recibía continuas descargas provenientes de la Escuela Militar y del parque de la Independencia, invadido por tropas parapetadas en los árboles. En el ambiente de la División encontraron el plan de avanzar sobre Palacio. Sólo esperaban órdenes. La Junta Revolucionaria exigió una tregua para saber qué ocurría en la Presidencia. Incluso, un destacamento ocupó la Central de Teléfonos en Las Nieves, para mantener línea directa con los dirigentes liberales.

Las horas transcurrían en un desasosegado suspenso. Con los más connotados jefes liberales casi como rehenes, nadie asumió la responsabilidad de disponer el avance contra la casa presidencial, no obstante que la Junta se obstinaba con ansiedad en alguna definición para actuar. Carlos Lleras recuerda "que a una de esas llamadas, hechas ya bien entrada la madrugada del diez, respondí yo informando que todavía no había solución de ninguna clase, que nosotros insistíamos en buscar la que juzgábamos adecuada; pero que no queríamos en manera alguna que pudiera decirse más tarde que por consideración a nosotros el pueblo de Bogotá había quedado inmovilizado en la acción; que si afuera estimaban que debían asumir una conducta distinta a la expectativa que nosotros aconsejábamos no tenían por que tomar en cuenta los peligros que nosotros pudiéramos correr por encontrarnos en Palacio".

El oprobioso amanecer

Los diarios "El Tiempo" y "El Liberal", sirvieron como sedes oficiales del pueblo. En sus oficinas se efectuó el enlace de los diferentes grupos que libraban la batalla política. La inquina gaitanista contra "El Tiempo" había desaparecido al serle reconocida por el doctor Eduardo Santos la jefatura única del liberalismo al doctor Gaitán. Por ello, nadie extrañó que allí acudieran gaitanistas de la clase A, los denominados liberales oligárquicos, veteranos de las guerras civiles, elementos sindicalistas, líderes de barrios socialistas identificados con las tesis del caudillo desaparecido, estudiantes, jefes comunistas desconcertados con la convulsión. La gente entraba y salía a su gusto. Los servicios y dependencias de esos periódicos permanecían a disposición de la protesta.

Los teléfonos nunca descansaron. La vinculación con los dirigentes liberales, de quienes el país entero estaba pendiente, y con la Junta Revolucionaria, jamás se perdió. La Junta Revolucionaria, jamás se perdió. Los informes del doctor Eduardo Santos, primer designado a la Presidencia de la República, enviados a Nueva York se repetían intermitentemente.

En las instalaciones colmadas y en plena actividad, la noche pasó tensa con el telón de fondo de los incendios, los constantes tiroteos y las inciertas conversaciones de los directores del liberalismo y el Presidente de la República. Todos en espera de noticias, mientras el ejército dominaba la ciudad con el refuerzo del contingente de soldados que llegó de Tunja.

Bastaba asomarse a los balcones de "El Tiempo" para apreciar el oprobioso amanecer. Tanto al norte como al sur la devastación impresionaba. Las ruinas de la batahola anárquica evidenciaban la acción de la turba. De las 2 a las 6 de la tarde, en cuatro horas vesánicas, sucumbió la falsa tradición del "aquí no pasa nada". Total: 136 edificios incendiados, 640 almacenes saqueados, cerca de 3 mil muertos y más de 500 heridos.

Desafiando el cansancio

Como a las 8 de la mañana se divisó desde "El Tiempo" a un grupo de ciudadanos que se encaminaban por la desolada Calle Real, llena de escombros humeantes. Los dirigentes liberales, con el rostro desencajado, se acercaban al periódico con una escolta militar. Al entrar a "El Tiempo" recibieron un efusivo aplauso. Retando el cansancio, explicaron las difíciles conversaciones con el gobierno, en las que discutieron las más diversas fórmulas: desde la separación del doctor Ospina Pérez de la Presidencia, el traslado del gobierno a Medellín y hasta la formación de una Junta Militar, propuesta por el doctor Laureano Gómez, aún canciller, refugiado en el Ministerio de Guerra.

Serenamente los dirigentes afirmaron su posición civilista, la determinación de salvar la estructura democrática del país y el régimen constitucional. El liberalismo representado en ellos, no compartía el aventurerismo, ni las depredaciones.

Al doctor Darío Echandía se le había ofrecido el Ministerio de Gobierno en un gabinete de Unión Nacional, pero la aceptación dependería de la forma como se integrara la nómina de sus colegas conservadores y del respaldo liberal.

- Muy bien se -dijo Echandía - que mi aceptación ha de incidir en mi carrera pública. Mañana me echarán piedras en la calle. Pero eso no puede contar o no cuenta. Si ustedes creen que la solución es esa, yo acepto lo que ustedes digan.

La colaboración no tuvo objeciones.

A las once de la mañana, el doctor Echandía sentado en el escritorio del doctor Eduardo Santos, habló con el Presidente de la República. Escribe en un papel la composición del nuevo gabinete: ni Laureano Gómez, ni José Antonio Montalvo, ni Joaquín Estrada Monsalve, nombres vetados por los dirigentes liberales, aparecen en la lista ministerial. En seguida, Echandía abogó por los revoltosos de la Quinta División en solicitud de amnistía y, con el rostro erguido, dio su aceptación y anunció su disposición de encargarse inmediatamente del Despacho.

En el término de quince o veinte minutos, llegó un carro blindado en busca del nuevo Premier. De "El Tiempo" partió el doctor Darío Echandía a posesionarse del Ministerio de Gobierno.