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Edwin Calvo Ramos

Nació en San Juan Nepomuceno el 5 de octubre de 1954, hizo sus estudios primarios en la Escuela Urbana de varones del maestro Luís Roque Borré Paz, su secundario la hizo en la Institución Diógenes Arrieta, de su municipio, posteriormente en el Colegio de la Esperanza, en Cartagena culmina su bachillerato. Ingresa a la Universidad de Cartagena en 1974 a cursar estudios de medicina y cirugía. En la misma universidad cursa estudios de posgrado y adquiere el titulo de Magister en Microbiología Médica en 1982.

Se dedica a la investigación histórica de su pueblo, y publica los siguientes libros: San Juan Nepomuceno, cien años de amor y olvido, (Gráficas Polo 1997), La Última Matrona, (Editorial Antillas 1999), Un santo diablo anda suelto en las calles de San Juan (Editorial Antillas, 1999), Los cuentos del Mono Sirio-Libanes (Editorial Antillas, 2000), Tío Conejo en la montaña de los Colorados (Artes Gráficas La Segura, 2001), Desamores del más acá (Editorial Antillas, 2004), participando con el patrocinio de la Gobernación de Bolívar en la versión No 17 de la Feria Internacional del libro en Bogotá. La leyenda del pavo negro (Artes Gráficas Polo 2005). Es director y editor de la Revista Callejuelas de mi pueblo, donde le da la participación a los escritores de su municipio.

 

La mujer desnuda vive en su mundo sin prisa.

La mujer estaba caminando desnuda en el patio de su casa. Sus formas femeninas bien delineadas, con una piel suave y olorosa, unos senos de talla mediana, bien dispuestos y rematados en pezones pequeños. Su cintura de 60 centímetros y su cabello negro, ondulado y brillante como el cristal penetrado por los rayos de un sol de mediodía, delataban su edad que no debía ser mayor de veinticuatro años. En su vientre relucían unas cuantas estrías nacarinas que en dos años el tiempo trataba de borrar como un recuerdo de un embarazo anterior.

Ella se paseaba desde el interior de su habitación hasta el fondo del patio donde se proyectaba la sombra placentera de los palos de mangos, de los ciruelos abandonados con racimos de frutas verdosos y el aroma de las flores de los azahares de la india y los jazmines blancos sembrados en las maceteras. Con su presencia se espantaban las tórtolas y las palomas que bajaban a ras de suelo a comer los granitos de alpiste que caían desde las jaulas de los mochuelos, canarios y congos bajeros. Ella caminaba sin prevenciones como si estuviese sumergida en el agua de un mar tranquilo, de olas suaves y un viento apacible. Sus pies descalzos, blancos, sin vellos y de apariencia frágiles, se posaban sobre el piso de tierra y ni las huellas dejaban marcadas. Se extasiaba escuchando el trinar de los pajaritos enjaulados, contemplaba el azul del cielo, perseguía como atontada las nubes movidas por el viento y se acercaba a oler las flores blancas de los azahares de la India. Iba de macetera en macetera recolectando las rosas rojas, las trinitarias en gajos color ladrillo, las florecillas menudas de los cortejos y las grandes flores de bonches. Formaba manojos de flores multicolores y como si fuera un niño de pecho, las acariciaba en su regazo, entonando canciones de cuna. De sus grandes ojazos color de miel brotaban lágrimas como un manantial y profundos suspiros salían revoloteando en el viento como si fueran tibias cenizas. Caminaba, con paso lento, de un lado al otro, como buscando en un sueño indescifrable.

La madre la vigilaba en todo momento. La dejaba hacer su voluntad, pero había asegurado todas las puertas, de la casa y del patio, para que no saliese a la calle. Los vecinos que al principio, se extasiaban de lujuria, observándola por las rendijas de las paredillas, terminaron saciando sus sueños voluptuosos, como si de tanto ver se le hubieran borrado los apetitos sexuales. El tiempo iba pasando y hasta los comentarios en el barrio se fueron desvaneciendo. Al principio se hablaba, en cada esquina, de la mujer que caminaba desnuda por toda la casa. Era como un sueño hecho realidad. Muchos jóvenes, viejos, niños y mujeres habían estado observando a través de los huequillos de las paredillas y cuando se cansaron de verla tal como Dios la había traído a este mundo, se iban y no regresaban jamás.  La madre se estaba enfermando de tanto verla llorar, y un día cuando la mujer desnuda, extasiada y sollozante, contemplaba un nido de tórtolas que pendía de una rama de un palo de ciruelo, se le acercó y con voz maternal, le susurró de cerca:
_Violeta María, hija mía, ¿por favor, dime de qué está enferma tu alma de niña?.
La mujer desnuda, distraída y con su cabello ondulado rizado por el viento, se detuvo, se quedó estática como si fuera una virgen del cielo, reconoció la voz melodiosa de su madre, y de espalda a ella musitó, con voz queda y melancólica, estas palabras:
_¡Madre, tu sabes muy bien lo que estoy sufriendo!.
La madre, anegada de confusión y sufrimiento, no pudo entender y sollozando retomó a sentarse en la mecedora desde donde todo el tiempo la venía cuidando. Violeta María, fijó su vista en un diminuto chupaflor que aleteaba miles de veces por minuto y le robaba el néctar a una rosa blanca que había desplegado sus pétalos en las primeras horas de esa mañana. Imperturbable se quedó como una estatua hasta que el pajarito voló veloz y se perdió entre las ciruelas frondosas.

Ya habían pasado casi seis meses desde cuando Violeta sufrió los primeros cambios en su personalidad. Su madre advirtió los primeros trastornos mentales cuando la sorprendió desnuda observándose cada centímetro de su esbelto cuerpo en la luna del espejo del cuarto que ella ocupaba en su soltería. Ese día estuvo por más de seis horas mirándose en el espejo y buscando algo que en ningún momento pudo encontrar. Su vello púbico estaba intacto, su piel tersa era impecable, sus fornidos muslos eran dos columnas de una diosa griega y en sus ojos color de miel no había fuegos artificiales ni brillos delatores de amores pecaminosos. Como no encontró una mancha en su cuerpo se angustió mucho más, y fue entonces cuando salió al patio completamente desnuda, como en lejanos tiempos cuando era una niña de cinco años y se bañaba inocentemente en los aguaceros de mayo o de septiembre, cuando no caían rayos y centellas desde las nubes borrascosas del cielo. Y estuvo a punto de salir por el portón hacia la calle sino hubiera sido por su madre que la estaba furtivamente vigilando escondida entre unas matas de trinitarias. Desde ese día se aseguraron todas las entradas y salidas de la casa, menos las rendijas de las paredillas que permitían a los vecinos y a muchas gentes de otros barrios mirarla con morbosidad, tanto de día como de noche, pero casi todos terminaron saturados de ver lo mismo sin entender qué era lo que realmente significaba esta mujer desnuda paseándose sin pudor ni incomodarse con los mirones que la deseaban par si desde sus escondrijos. En toda la ciudad reinó un solo comentario y el misterio de la mujer desnuda avivó la imaginación y todos querían buscarle una filosófica explicación al asunto. Algunos hablaban del complejo de Eva que se paseaba desnuda en el paraíso terrenal y que se trataba de un simple proceso de regresión en el tiempo.

Violeta María era madre de una niña de escasos dos años. En los últimos seis meses el padre le había permitido que fuera a visitar a su madre en tres o cuatro ocasiones. La niña se acercaba y ella como si viviera en un mundo sin pena ni gloria, la cargaba en su regazo, le hacía trenzas y le cantaba canciones de cuna. Pero nunca la llamó por su nombre, y menos preguntó por su padre. Le demostraba afecto maternal, le acariciaba las manitas y le arreglaba el vestidito como si se tratara de una muñeca de trapo. La reparaba de pies a cabeza y a los pocos minutos, la soltaba y la obligaba a ir con la abuela. Desde hacía seis meses, Violeta María, no había visto a su marido y nadie le había escuchado que hubiese preguntado por él. Pero, su marido, Francisco Javier, se estaba volviendo loco, abandonado a sí mismo, acostado boca arriba en su cama, hablando solo, llorando con cada recuerdo, enflaqueciendo como un Cristo crucificado y maldiciendo al resto del mundo por sus desgracias. Seis meses habían sido una enorme tortura para el marido y un mundo de contemplación para Violeta María, viviendo en él, sin realmente pisar sobre la tierra ni admitir la propiedad de la misma vida. Era como si danzara en un sueño eterno sin poder despertarse. La mujer es como una flor con tiernos pétalos brotados en la aurora; si le arrancas un pétalo pierde su encanto, la flor es hermosa y pura si el sol la acaricia, si el viento la mece con dulzura y más aún, cuando el colibrí la saluda amoroso. Así era Violeta María durante sus amoríos. Amores de adolescentes que hacen bajar la luna y las estrellas del cielo. Todo es bonito, el mundo es irreal, es como estar soñando con los ojos abiertos. Tanto amor que no les cabía en sus pechos, y solo basto un minuto, para que se rompiera el encanto.
_¡Francisco Javier, ábrele el ojo a tu mujer que no es santa!.
Esta frase le cayó como una centella en su cerebro. Perdió el apetito, se la pasaba despierto toda la noche, hablaba incoherencias, comenzó a enflaquecerse y se olvidó de este mundo. Una noche, en la intimidad de la alcoba, le reclamó:
_Si yo sólo te he dado amor, ¿por qué me estas engañando?.
Ella se puso histérica, lloró como una magdalena. Lo acusó de sádico y de hombre vil. Gimió toda la madrugada como si representará una tragedia. Al despuntar la aurora, hizo maletas y se fue para la casa de su madre. Dejó a la niña sin darse cuentas y juró no regresar. Francisco Javier maldijo al hombre que le había traído la desgracia a su vida, cargó con la niña a horcajadas sobre sus hombros, y con el alma echando candela, cerró la puerta con un estrepitoso golpe y caminó como un sonámbulo hacia la casa de sus padres.