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Félix Turbay Turbay

Nació en El Carmen de Bolívar en 1936. Estudio Medicina y no culminó, se graduó de abogado y ha desempeñado varios cargos a nivel nacional. Tuvo estrecha relación con el grupo de los cuadernicolas liderado a nivel nacional por Eduardo Cote y Jorge Gaitán Durán. Éste grupo resaltaba la poesía profunda, reflexiva y desencantada por los hechos ocurridos en el planeta, especialmente la segunda guerra mundial que trajo pobreza, muerte y miseria a la mayoría de los países. Fue secretario de los ministerios de Comunicaciones y del Trabajo, viajó por varios países de Europa y América Latina. En Cartagena ocupó varios cargos, desde secretario de la gobernación hasta alcalde encargado. Posteriormente fue nombrado diplomático en Venezuela y posteriormente en El Líbano.  Ha publicado el libro Memorias del padre.


Reino Incierto.

Abusaremos algún día

del más fuerte monarca, ya devastados sus ejércitos,

ya hirviente su palacio, carcomida

su piel brillante, untada su corona

de un aceite secreto que viene de la muerte.

 

Anterior a su lumbre, al oro de sus párpados,

algún salmo desierto lo estará recordando;

entre viejos bastiones, alguna dinastía

de música sangrante; sobre las tempestades,

alguna incierta pena del viento entre los álamos.

 

Después será posible levantar otro reino

hacia el mar, que es la tierra del sueño.

 

Antes del tiempo.

No se trataba de fundar una ciudad.
Necesitaban habitar el futuro
como un primer asombro de las recordaciones,
y hablaban un idioma desconocido entonces
por el pasado. No tenían historia
ni tenían un ruido de espada entre los huesos.
Pero llegaron
y fundaron el dolor y la muerte que al fin necesitaban
para estar en el mundo.

 

Poema inicial de la madre.

 

Madre ven, no te vayas, con tu mano

dale a mi corazón un nuevo aliento;
entre Dios y tu sombra, sólo el viento

tiene la identidad de lo lejano.

 

Con tu tiempo de amor, con tu temprano

desesperar, amor, fuiste lamento,

todo tu vientre tiene el vencimiento

de un profundo amor sacrificado.

 

Canta, espera retorna, siembra, anida,

madre, señora de la mansedumbre

territorio de un mundo inencontrado

en tu puerto de miel zarpó mi vida,

 

y en tu florecimiento inesperado,

matinal y sonámbulo, tu acento

fue llenando de luz mi pensamiento

con el temor de un grito recobrado.

 

 

Elegía en la Muerte de Luís Malo Alandete.

 

El jueves 21 de abril de 1951, a la una de la tarde, murió el

médico Luís Malo. Félix Turbay leyó el siguiente poema

como un homenaje a la memoria del destacado personaje.

 

Hoy tu recuerdo llega riguroso a mi alma,

descubriendo la vida, hundiéndose en la noche

final de las palabras, palpando en cada cosa

la blancura del mundo clausurada, soñando,

venciendo, rondándome los ojos y la cara,

cuidando de mi casa y mi familia

con sus brazos humanamente abiertos

desde el sitio que alzó tu vestidura

de espíritu y de huesos

hasta la juventud de los luceros.

 

Lo se. No importa que las calles de tu pueblo

sientan que no caminas sobre ellas.

Tu pueblo tiene sensación de puerto

cada instante, minuto, cada hora

de tu dulce retorno. Todos saben que vuelves,

que te fuiste a curar un enfermo, que tu ida

es el comienzo de tu nueva vida,

de tu desesperada contextura

de hombre bueno, adherido al corazón de las batallas

como un amanecer a la alegría.

 

Espera. Deja que grité tu nombre en cada esquina,

en cada calle, en cada viento, en cada lágrima.

Me estás doliendo mucho en el recuerdo.

Me estás hiriendo mucho la ternura.

No trates de explicarme, no me digas

nada que pueda atarme a la amargura.

No pretendas llorar, que tu alegría

tampoco se apagó con tu partida.

Deja: Deja que me maltraten

que me lleven atado a un sitio lleno de ataúdes,

que me partan las manos y en la sangre

me hundan la semilla de la fiebre.

 

Yo sé que tú retornas. A curarme,

a decirme de nuevo: buenos días,

a regalarme dulces y centavos

como cuando era niño y te llamaba

desde la acera de mi casa-tuya.

 

No lo pienses así. Todos te quieren,

no hay uno solo que no te presienta,

no hay un solo domingo que no te lleve

canciones tuyas en su nacimiento.

La misma iglesia, si, el mismo cura,

la misma plaza buena y silenciosa,

las mujeres iguales, los señores

iguales como siempre, menos uno,

los mismos pastos y los mismos bueyes,

el viento igual, igual como la orquesta

con aquella esperanza campesina

de música morena arrodillada,

yo igual, todos iguales, esperando

tu voz y tu estatura. Licho Malo,

tu Purísima fuente de amistad.

 

Hoy tu presencia llega rigurosa a mi alma.

Mañana nuevamente hablaremos de todo.

Aquí mismo te espero, con el mismo vestido,

con la misma manera de esperarte

que siempre conociste.

Mis padres mis hermanos, mis amigos, mi pueblo,

y toda, toda, toda la sed de los caminos

te esperan, te reclaman, y sienten

que en los ojos les ha nacido un hombre

indeclinablemente universal.