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José Ramón Mercado

Nació en Naranjal, corregimiento de Ovejas, Sucre, el 19 de marzo de 1937. Se graduó en Ciencias Sociales y Económicas en la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1963. Realizó estudios de Lingüística y Literatura en la Universidad de Cartagena.

Durante veinticinco años fue rector del Colegio INEM de Cartagena, destacándose por una excelente labor que se caracterizó por el dialogo, la armonía y las propuestas de mejoramiento no solo institucional sino en la educación de toda la costa. Promovió la investigación, la cultura en todos sus aspectos motivando permanentemente a los estudiantes en el teatro, la literatura y las artes en general.

Ha recibido muchos reconocimientos a nivel nacional e internacional: En 1974 recibió el Premio Nacional de Cuento con el libro “Las Mismas Historias”, el que escribió conjuntamente con su hermano Jairo. Mención en el Concurso de Cuentos Biblioteca “Gabriel Turbay” de Bucaramanga. Primer puesto en el Concurso Nacional de Cuentos de la Universidad Surcolombiana, en Neiva en 1975. Mención en 1976 en el Concurso Casa de las América en la Habana, Cuba, modalidad poesía.

Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: El cielo que me tienes prometido, 1983; Agua del tiempo muerto, 1996; Árbol de levas, 1996; La noche del nocaut, 1996; Los días de la ciudad, 2004; y Agua erótica, 2005. Como cuentista, ha publicado, entre otros: Las mismas historias, y Perros de presa, 1978.

Impulsador de la Asociación de Escritores de la Costa donde ha ocupado los cargos de vocal, vicepresidente y fiscal.

Cuando pasa la ráfaga

Dios sabe del cansancio que instila la guerra
El poema que queremos y que repetimos
La angustia como cuervo que grazna
Cuando pasa la ráfaga de la guerra
La voz arrastrada de la metralla
Que deja sin oficio al zapatero que cose los días
La piltrafa del basuriego de la calle
La carreta más pesada de sus sueños
Al mulero con su tienda ambulante de espejos
A la palenquera acuchillada por el sol de sus pasos
Al lotero que naufraga en su voz
El extraño concierto de incertidumbre de la cuadra
La voz de la guerra se siente en la calle

Dios sabe del cansancio que instila la guerra

Balada del forastero

Cada poeta vive la memoria de
sus ancestros

Jorge Luis Borges

Yo soy el forastero que ingresa a la ciudad
Por mis propios pasos me conozco
Soy de tan lejos como el silencio inexplicable
Como las palabras y los signos
Como la noche tambaleante
Como la tierra y la alegría que han muerto
Y la distancia de las manos que se bifurcan
Y la sazón y el pan duro que como
Y el cielo remoto que lo niega
Y el asombro que cabe en el reflejo de los charcos
Y el miedo destazado como témpano de escombro

Soy de tan lejos como el canto y los pájaros
Como la casa y el silencio y el agua que se fuga
Y el sueño y la agonía atónita
Y el cielo que sangra en contraluz
Y el sol que emigra en la última sombra del día

El regreso a la ciudad me torna forastero
En el instante justo del miedo cotidiano
Sin embargo aquí vivo sin cambiar de casa
Ni de barrio ni de música ni de talante
Soy el que abre siempre con su voz minúscula
Cada día las puertas de la ciudad
Dueño de sí mismo sin una canción antagónica

Plazoleta interior

La escobilla florecida presencia la cruz de la plazoleta
Los tomillos callados la garganta de piedra
El olor de matarratones en la siesta del mediodía
Las campanillas suben la colina
Atisba la piedra silenciosa de los quicios
Hay un sabor a marisma en la brisa quieta
Al pie de la colina está la ciudad y sus voces
-Solitaria como un pájaro muerto en el aire-
Los techos rojizos y la cruz del tiempo agonizan
La iglesia roza el cielo desde lejos
Y la luz violeta de cada tarde que huye
Corta el canto de los sangretoros de regreso
La cruz huele a rosa quemada cada tarde

El viento es una letanía misteriosa
De antiguos amores suspendidos en el tiempo.