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Napoleón Garrido Alvis

Nació en El Carmen de Bolívar en 1966. Estudio su secundaria en la Institución Educativa Técnica Industrial de El Carmen de Bolívar. Estudio Filología e Idiomas, hizo una maestría en Educación. Ha sido docente en el Instituto Técnico Industrial y en el Instituto de Promoción Social de El Carmen de Bolívar, fue concejal de su municipio. Actualmente labora como docente en la ciudad de Sincelejo. Publicó el libro de poesía Teoría del Unicornio y otros lugares comunes en 1994. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país.

 

Sin Titulo

¿Y el muerto, el increíble?
Borges.

 

En una edad de asombros y presagios simples

la esfinge insaciable espera a su Edipo prometido,

delirantes adversarios se disputan,

hastiados de victorias y derrotas,

el tiempo, la historia, el alboroto de una gloria incierta

se perpetúa en la memoria

un destino de sueños heroicos

entre las saqueadas ruinas de un ajedrez

aún en batalla

que acaso alguna vez señale un ganador

y sean necesarias otras noches y otros días

de mares y desiertos

para el juego de nuevos desafíos

y otros luchadores repitan la epopeya

a cuya gloria se ofrece la memoria

y el cielo o el infierno:

Permanezca mi nombre

perenne entre los hombres.

 

Para Marlene María


Mariposa de fuego

la tarde anegada de ti

alborota los sueños

de la bella durmiente.

 

Poema de las cuatro resignaciones.

I.

Pedro era una precipitación de laderas

contra el asombro.

De esa hojarasca, a la medida exacta de la gloria,

la zozobra hunde sus eslabones perdidos

en la sangre,

las vísceras de la mujer sacudida hasta el desgano,

como una luz que atardece.

Pedro era un huracán del deseo de la piel,

hasta que le estrujaron la soledad que tiene.

Antes, trepó el instinto de la fibra del árbol,

ese vaivén de certezas plasmáticas,

donde lo orgánico tiende a echar raíces

y el tiempo se apretuja más y permanece.

Ahora es un barranco del viento en la madera

o como respiración de gente callada.

Seres comunes en el tiempo se escurren por sus driles

como el trasteo de una puta su sombra

o la matriarca tiranía de Tía Carmen

que escapa en si misma.

Tendrá quizá el respetable estilo de un abuelo

y la mirada endeble en el pasado

y es una tristeza con manos de abandono.

 

Claro, ahora está guindando del otoño del roble.

II.

Entre el sol de las cinco de la tarde en Molongo,

restos de un milagro ya inútil en la plaza,

y el desdén como una plaga interminable,

hay despojos de buitre, golpes de mar y cuervo negro,

entre la claridad desolada.

Como el viento, todo lo toca y huye.

Cada aleteo, vorágine,

tímido fuego, entre la candileja de su luz.

Hay la noche a pedazos.

Como a tu cuerpo, a sus cenizas entro.

Vaga su sangre en pájaros, avanza.

Por los patios aúllan sus guerreros.

III.

Bachué, danzadora bajo la lluvia,

Este gajo de tus hijos, estos retoños de hoy,

Con el alma seca, como la higuera de la fábula que sabes,

algarete en el mundo,

clamamos a ti por tu magia primigenia,

por tus enaguas de paraíso,

por la migaja de sol que nos queda,

por el secreto del fuego, que en la candela cantas,

por tus pócimas de hierbas,

esos brebajes para sanar el alma,

por la bestia que habita mis carnes

cuya ánima saca, a veces, sus garras, por mis manos,

porque más allá de lo que soy

y el enigma de mis soles próximos,

haya una paz total en mis abismos,

por el abismo de piedras que nos separa,

por el enemigo, que desde la sombra elabora

sus trampas.

IV

Bachué, estos cachorros sueltos de tu manada,

braman a ti,

por la tibia ceniza de tus pechos,

que entre el agua llorada de los ojos de agua se abisma,

para que el espíritu de viento de los hombres, mame

y en el vacío de tus acantilados

descanse su sombra,

esta sombra que ama y se pudre

y tras las pisadas de tu pie izquierdo

busca las alas tronchadas y la sangre

que puja, regada por la tarde

tras la seca mirada de la mujer que quiero.