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Néstor Madrid Malo

Néstor Madrid Malo nació en El Carmen de Bolívar el 15 de junio de 1918. Permaneció en su municipio hasta la edad aproximada de nueve años, su familia se radica en la ciudad de Barranquilla. Su secundaria la cursa en el Colegio de Barranquilla donde era Rector el insigne filósofo barranquillero Julio Enrique Blanco. Posteriormente estudia en la Universidad Nacional de Bogotá derecho. Fue nombrado gobernador del Atlántico por el presidente Alberto Lleras Camargo, (entre 1958-1959), realizando una excelente administración al servicio de la cultura y la educación en general. Desde ese cargo fundo la Revista del Atlántico, y el paso a ser su Director-Fundador, contaba con un excelente consejo de redacción entre los que se destacaban: El filósofo Julio Enrique Blanco, la poetisa Meira Delmar y el historiador Alfredo de la Espriella. Se convirtió en un excelente medio de difusión de carácter literario, científico y cultural no solo en Colombia sino en Latinoamérica. Madrid Malo murió en la ciudad de Bogotá, el 20 de Agosto de 1989.

Dentro de sus obras podemos destacar las siguientes:
_Los sueños recobrados. Poesía, 1949.
_Suerte a las siete y otros relatos. Narrativa, Bogotá, 1955.
_En torno a San Agustín. Imprenta Departamental, Barranquilla, 1959.
_Memoria de los sueños. Poesía. Imprenta Departamental, Barranquilla, 1959.
_Guineo Verde. Narrativa, Medellín, 1966.
_Poemas Italianos. Bogotá, 1967.
_La política como espectáculo. Ensayo. Populibro, Bogotá, 1970.
_Los frutos masacrados, la bandera, el fugaz retorno. Teatro. Colcultura, Bogotá, 1973.
_Los árboles en la poesía castellana. Ensayo. Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1973.
_50 años de poesía colombiana. Ensayo. Editorial Tercer Mundo. Bogotá, 1973.


Poemas tomados de su libro Memoria de los sueños.

El poeta nombra a su patria
A Gerardo Molina.

De mar a mar extiende su estatura,
su cuerpo mineral y duradero,
esta patria que nombro con la pura
voz que dice su nombre verdadero.

Sólo digo Colombia, y enseguida
todo cabe en la voz que la menciona,
desde el último valle hasta la erguida
cumbre que el hielo sin cesar corona.

Que dulce tarea siempre mencionarla,
y que llegue su nombre por el viento
hasta el norte y el sur, y para amarla
decirla con la leve voz del viento.

Todo en ella se encierra y sintetiza:
La luz, el campo, el río, la bandera,
la sangre, que en su historia se eterniza,
la gloria, que la ciñe sin frontera.

Y si digo Colombia, todo queda
resumido en su nombre que transita
por el dorso del Ande y su roqueda,
hasta el mar que sonoro la limita.

Pues no hay lugar, recuerdo o cosa alguna
-aquel pueblo, la casa, el cementerio-
que no viva en su nombre, ni ninguna
palabra que contenga su misterio.

Como brilla tu azul en la mañana
tan limpia y transparente de verano,
oh mole de ternura y fortaleza,
cuando desde mi valle sosegado
contemplo tu silueta milenaria
de cumbres azarosas a incesantes
desplegando su luz en la distancia.


Memoria de los sueños

Un antiguo sonido, sin eco, rescatado.
Una sombra entrevista, sin forma, adivinada.
Un ensueño de niño, sin nombre, recobrado.
Una vieja tristeza, sin causa, reencontrada.

Un rostro apenas visto, de nuevo construido.
Un perfume abolido, de pronto descubierto.
Un amor ya apagado, surgiendo del olvido.
Un delirio imposible, tenido como cierto.

Un paisaje lejano, del ayer asomado.
Una voz ya perdida, de vuelta del misterio.
Una pena escondida, nuestro pecho agitando.
Una muerta palabra, reviviendo su imperio.

Esta dicha pasada, o aquel gozo marchito;
Tantos sueños frustrados, ¡cuántos vanos anhelos!,
Otra vez alentando su tropel infinito
Por la lírica vía de sonoros desvelos.

Intuición misteriosa de insondables vivencias,
Memoria de los sueños sin cesar agitada,
Mientras el canto erige sus secretas secuencias
y nos llena su luz en la noche callada.

A una sangre derramada
En memoria de los estudiantes caídos el 9 de junio de 1954.

Qué sangre tan sin causa derramada,
qué roja de dolor y sacrificio,
aprendiendo tan pronto el cruel oficio
de verse sin razón martirizado.

Y que color de juventud frustrada,
de rostros no creyendo en su suplicio,
enfrentados sin más al ejercicio
de muerte sin objeto dispensada.

Qué absurda esa su púrpura vertida,
qué temprano corriendo hacia el olvido
su materia de espanto conmovida.

Qué derrota de sueños, sin sentido,
qué imposible dudar de su vencida
condición de rumor ya sin sonido.