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Rafael Redondo Mendoza

Nació en El Carmen de Bolívar en 1911. Hijo de Rafael María Redondo y Adela Mendoza de Redondo. Vivió en Cartagena desde los doce años, y curso sus estudios en el antiguo colegio de bachillerato. Fue concejal de Cartagena y diputado por Bolívar, en representación del partido liberal. Fue un vibrante orador, periodista y escritor político. La actividad política lo absorbió casi por completo. Milito en el movimiento político de Alfonso López Pumarejo (1934-1938), quien encabezo uno de los movimientos más importantes del país con la llamada Revolución en marcha, que buscaba dar un viraje a la manera de gobernar y buscar la solución definitiva de los problemas que vivía el país. Su obra poética fue poca, sin embargo cuenta con una calidad excelsa, suficiente para colocarlo al lado de los mejores de los Montes de María y del país. Murió en 1958.

 

La sombra

Cierra los ojos, mi niña,

que te voy a decir un cuento:

La ceiba estaba llorando

por haber perdido la sombra.

Algunos pájaros amigos,

en confidencia de trinos,

le grabaron en el alma

esta noticia ignorada:

Es de noche y no hay luna…

 

Tu y Blanca de Nieves

El arroyo andaba charlando

por los recodos del cauce,

y una piedra lo detuvo

para enseñarle a formar espumas.

 

La niña que se bañaba,

se puso a contar burbujas,

como quien mira los astros

cuando el cielo se ilumina.

 

Los pájaros picoteaban

subterráneos de azúcar.

cuando yo me siento solo,

le cuento a Blanca de Nieves

lo que pudo sucederle

con los enanos todos.

 

Alumbramiento en octubre

Mi madre me parió

en una casita de palma.

Octubre mojaba los techos

y San Rafael, sin reservas,

sentado sobre un barril,

hacía burbujas de viento

para que no llorara el niño.

 

Tobías estaba durmiendo

en cama de verde mar.

y un pececito impúber,

con un medallón en la frente,

trazaba mi destino

en hojas de vida limpia.

 

En el patio sembraban

albahaca y toronjil,

cascabeles de toronja

y voces de reseñal.

 

La niña de la cocina

traía una taza de barro

leche con canela,

para la que me tuvo en el vientre

con angustias proletarias.

 

El agua seguía cayendo,

para lavar los pañales

de quien nació en octubre,

para que lo envidiara noviembre.

 

Presencia de la muerte

Si te mueres, cinco golpes

de martillo sobre el corazón.

Si yo muero, cinco claveles

lavados sobre mi tumba.

Ya te lo dije, cinco claveles:

Ni uno más, ni uno menos.

 

Dime hacía dónde vas

para trazar el camino.

cuando te vuelvas estará sembrado

de tulipanes, y de mí,

y de lo que yo más quiero, de ti.

 

Si encuentras un alelí, trónchalo

con tus manos, y llévalo a mi dolor

para perfumar el silencio…

 

Ni uno más, ni uno menos.

son cinco claveles lavados

o cinco golpes de martillo sobre mi corazón.

 

Sin nombre

Cuando me hablas,

me quedo como escuchando el blanco rumor

de las azucenas, y se me enciende

en la sangre la llama del pecado.

 

Tu voz dice las palabras

con una delicada intención de martirios,

y por eso quizás me he crucificado

dentro de ti, con clavos

de azul celeste.

 

Dijiste no recuerdo que cosa,

y el corazón se me puso como cuando se nubla la mañana

este vicio de pensarte me sabe a menta

y a versos de un vaquero de mi padre.

 

Recoge las trinitarias, que yo cortaré los claveles

y siete amapolas de viento para tu corpiño sin costura.

 

Voy a fotografiar tu mirada para el dije de mi leontina.

Y acódate en la ventana, como una guitarra sin dueño,

para quererte como te quiero desde la acera de enfrente.

 

Ausencia de nombre

Por tu nombre,

yo he pensado

trescientos signos del alfabeto.

Dime cómo te llamas

en la madrugada del arroyo.

Dímelo,

cuando las aguas copian

las colinas de los cielos.

 

Trescientas letras

he perdido

en el alfabeto de tu nombre,

nombre con amapolas y ajengibre en la escritura

 

Dime como te llamas,

y te regalaré una cama de tierra

poblada de girasoles.

 

A la orilla del adiós.

(Poemas desde el lecho de enfermo)

I.

En la esquina del silencio

hay una golondrina que me espera…

el buen día del buen viaje,

partiremos con una guitarra y un padrenuestro.

II.

Rota las velas,

la tempestad perdió su ímpetu

y, en el estremecimiento del pudor,

el hijo viento se lanzó al mar.

entonces, convertido en espuma de olas,

se puso a jugar con hipocampos,

almejas, caracuchas de la orilla

y también con las profundidades de la fantasía.

III.

Se detuvo la niña pálida

en la fuente de burbujas juguetonas,

y se fugó acompañada de la brisa.

y yo me incliné,

a contemplar el agua donde se lavó las manos.

IV.

El amor es como las colmenas abandonadas:

Las abejas se van…

pero queda la imagen del aguijón…y la miel.