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Ramón Aycardi

Nació en El Carmen de Bolívar, el 12 de septiembre de 1914. Escritor y periodista. Escribió en periódicos como El Heraldo, El Estado, La Unidad, La voz liberal, y en El Libertador tenía la columna la orilla opuesta. Además de su columna diaria escribió ensayos y cuentos. Es autor de la novela El retorno y la fuga, y del libro de artículos periodísticos Vendimia de los días, editado en 1970. Desde temprana edad vivió en Cartagena, Barranquilla y finalmente se radico en la ciudad de Santa Marta donde murió en el año 1976, a la edad de 62 años. Del libro Vendimia de los días extraemos los siguientes artículos.

El Cotidiano afán.

Solamente los neutros pueden vivir dentro de esa paz idiota que oscila entre la digestión y los anhelos mediocres. Quizás se puede ser feliz comiendo vulgaridades como el buitre y soñando con ser alcalde de pueblo. Esa clase de gente no se inmuta, pero están a muchos años luz de la serenidad. La serenidad que otorga la comprensión de todo y, en primer término la comprensión de los errores ajenos contra uno. Ese fue el caso del joven Galileo. Pero como no todos estamos a la altura de Gólgota, es forzoso vivir dentro de cierto afán cotidiano que destruye el organismo como los bacilos y ennegrece el alma como una maldición…

El trabajo excesivo y congojoso y los anhelos vehementes, la simple labor corporal como la de los jornaleros, es motivo suficiente para que la existencia se enturbie como las charcas que pisotean las bestias. Y como es casi imposible salir de tan adversos torbellinos, se termina por caer en la desesperación y de contera en el suicidio. Eso de que cada amanecer traiga un nuevo problema; eso de que las auroras no sean musicales sino sordas; eso de que los frutos sean siempre amargos; eso de llevar una vida que no es más alta que una vara de tienda; eso de estar leyendo un bello libro y no estar entendiendo a cabalidad lo que se lee porque negociaciones exteriores nos muerden como lobos hambrientos: Eso de no poder estar quietos con el corazón sosegado porque repulsivas minucias nos obligan a andar –sin saber hasta donde y hasta cuando-; eso de reír por los malditos imperativos de la miseria; eso de llorar sobre todas las esperanzas muertas; eso de tener que disimular la presencia del bellaco que con desdén nos mira; eso de despertar sobresaltado porque conscientemente se tuvo la impresión de caer en la nada ululante; eso de recibir ingratitudes por favores; eso de ver rodar los años por rutas estériles o que la tierra de promisión es inalcanzable porque un hado incomprensible nos alarga el camino; eso de tener la plena conciencia de los remos prepotentes y no poder volar sino a ras de tierra o de pantanos; y en fin, eso de padecer la tremenda enfermedad metafísica del por qué, es ya la esponja de la agonía que produce el afán.

La felicidad no es un mito. Es el absurdo premio que reciben los imbéciles que no se detienen ante un rosal, que no vibran ante la tempestad, que no gozan el goce ni sufren en el sufrimiento. Y que para colmo poseen todos los bienes terrenales para no tener ni siquiera que preocuparse por el bendito pan nuestro de cada día, el cual es la máxima maldición de Dios sobre los hombres.

 

La insensibilidad.

“La insensibilidad es la hija mayor de la estupidez.” Kant.

Ser insensible debe ser atroz. Debe ser la desolación y el yermo, el universo sin estrellas, los bosques sin pájaros, el desierto en toda su tremenda aridez. La indiferencia limita con la barbarie, con la ameba, con la estupidez y hasta con la patología. Ser frío por dentro y por fuera es algo que tiene concomitancia con la Divinidad y con los batracios. Y pongo la comparación anterior porque solamente un dios puede estar fuera de lo humano, de lo que es eterno y por lo mismo indiferente. Y la relación con los sapos la encuentro en lo rastrero y repulsivo. La insensibilidad es producto de lo neutro, de lo que no es hembra ni varón.

Beethoven andaba mirando al mundo circundante para sacar sinfonías de los árboles y de las tempestades, del viento y de las hierbas. Su interés por la existencia le dio categoría universal y le otorgó un puesto en el Olimpo al lado de Júpiter y de Apolo. Para mi juicio, Beethoven era un hombre elemental, huracánico y cordialmente limpio como la luz. Demás está decir que la presencia del genio es agobiante como los largos caminos bajo el sol, y siempre está llena de bondad y de pureza como los pechos de la madre.

Los crótalos son interesantísimos. Viven prevenidos, llenos de agilidad y de veneno. Atacan a lo que pasa por su vera, a todo lo que se mueve, a la sombra de una rama movida por la brisa. En cambio los morrocoyos son lentos, tranquilos y brutos como algunas personas. Por su apariencia de sosiego dan la impresión de esos –filósofos- al menudeo que simulan estar pensando. Y la seriedad que lucen es, simplemente indiferencia o abulia: un dejar pasar como si el mundo fuera el más aburrido espectáculo.

Es casi increíble la existencia de sujetos que no ríen ni lloran, que miran el amor como quien ve llorar, con un poco de fastidio; que prácticamente no hacen nada. Ni un negocio, ni un viaje. Están de acuerdo con todo y con nada. No los atrae el arte ni la ciencia. Y se mueren sin haber bailado y sin haber hojeado una revista de monos.

Es como las flores que no tienen perfume, como las parras estériles, como las piedras que ruedan en las montañas. Y viéndolo bien, ese estado de alma es hasta admirable como todo lo que sobrepasa la normalidad en el hombre. –Que barbaridad-.