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Richard Montes Díaz

Nació en El Carmen de Bolívar, el 9 de noviembre de 1963. Estudió la primaria en el Colegio John F. Kennedy de Cartagena, la secundaria la hizo en el Instituto Técnico Industrial de El Carmen de Bolívar.  Se especializó en Lenguas Modernas en la Universidad del Atlántico. Ha publicado en diversas revistas de la Costa Caribe y del país, destacándose Luna y Sol, y El túnel de la ciudad de Barranquilla, y muchas otras. Tiene un poemario inédito llamado Cartas para una novia imaginaria. Actualmente es docente en la Institución Educativa Técnica Industrial de El Carmen de Bolívar.

 

Me he mirado en un espejo

Me he mirado en un espejo. Estoy poblado de rostros incipientes.

Rostros sacudidos por una señorita elemental que no eres tú.

Me las imagino ahora. Sé que es mucho pedir dentro de mi boca,

saliendo a llamarazos, culpables de mí,

de la forma inalienable de mis amores.

Pegados a mi paladar como una raza amarga.

Las vuelvo a reflejar, saliendo retrasados de mi infancia,

con ojos de cárcel y ásperas hortalizas en la frente.

Enternecidos por sueños obligatorios.

Pensando en lo que voy,

pensando en lo de siempre:

una caricia sin manos, un beso sin boca o tres verbos en ay!

Pareces que estuvieras aquí, tan lejos de mí,

sacudiendo tales rostros de mi espejo

pero ya te dije que no eres tú

y no sé si a ti el mundo te esté haciendo bien.

Como ves, a mi me ubica frente a un espejo, en su heteronimia.

Tu sabes

Los espejos no son culpables de vernos así,

En nuestra intimidad ¡tan amarillos!

 

Esta camisa que habito.

Esta camisa que yo habito se me ajó de tanta humanidad,

se vino de bruces un día común y corriente,

un día en que se hace imprescindible olvidar como me llamo,

un día en que la ciudad está poblada

solamente de normalidad

y de débiles enamorados, confabulados con  la rosa,

un día enrojecido por cuchicheos  espantosos y oficinas

y hospitales para siempre privados. Por las mismas calles paralíticas,

con toda la razón y la utopía social de espaldas a mí.

Esta camisa que habito, (y no es para que la quemes),

con sus violentas rayas locales

se ha desentendido de lo que atesoro a pesar de mi,

ha sacudido mi pecho con todos sus corazones

como si no entendiera lo que me toca,

como si yo no entendiera lo que me clasifica.

Esta camisa que habito y me habita,

posada en mi dorso,

sin renunciarme

Me ha cubierto por entero y amargo con sus fondos vitales.

No es una rosa  ni una tarde floja o un idilio parcial

Es algo más

Un puño derretido, una cabeza enmohecida, una pierna sin corazón:

Una indefensa red de impactos humanos.